Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.119
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Por eso creo que no hay más remedio que poner punto final al asunto y lamento que mis gestiones hayan terminado con este fracaso", concluía la carta del primo de Thorny.
-¡Buen muchacho Horacio!... Ya decía yo que el se ocuparía del asunto hasta darle fin -comentó Thorny cuando hubo leído el último párrafo de la interesante epístola.
-Puede ser que ese haya sido el fin de aquel perro; pero no lo habrá sido del mío. Yo juraría que se escapo, y si era Sancho volverá a casa. Ya verán si no tengo razón exclamó Ben que se negaba a aceptar que todo hubiera concluido así.
-¿Crees que será capaz de recorrer cien millas? No obstante su inteligencia no podrá hacerlo, ni encontrarle sin ayuda -comentó Thorny incrédulo.
Ben se sintió nuevamente descorazonado, pero la señorita Celia levantó su ánimo, diciendo:
-Sí que sería capaz... Mi padre tenía un amigo que abandonó a su perro en París v el pobre animal lo siguió hasta Milán donde, por fin. lo hallo aunque murió al día siguiente de fatiga. ¡Fue algo maravilloso!... Por eso no dudo que Sancho volverá si vive. Seamos optimistas y aguardemos.
-¡Así lo-haremos!... -exclamaron los niños, y a partir del día siguiente, los dos muchachos se dedicaron a esperar la vuelta del ausente para quien guardaban un buen hueso en el sitio de costumbre por si el perro llegaba de noche y sacudían su camastro para que estuviera mullido y ofreciera su buen descanso a sus huesos fatigados. Pero los días pasaron y siguieron sin tener noticias de Sancho.
Sin embargo, ocurrió algo tan serio por ese entonces que el asunto de Sancho paso a segundo plano por un tiempo. Y Ben tuvo oportunidad de pagar, en parte, la deuda de gratitud que tenía con su mejor amiga.
La señorita Celia salió cierta tarde a dar un paseo a caballo y una hora después, mientras Ben se hallaba sentado en el "porch" entregado a la lectura vio a Lita lanzarse dentro del patio con las riendas colgando a los costados de las patas, la montura dada vuelta y un costado del cuerpo muy embarrado, lo que mostraba bien a las claras que el animal había rodado. Por un instante, el corazón de Ben pareció detenerse; luego arrojo su libro, corrió en dirección al caballo y se dio cuenta al momento por los flancos hinchados, las narices dilatadas y el cuerpo cubierto de sudor que el animal venía de lejos y a toda carrera.
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