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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.116

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Entraron por el pabellón escoltados por Bab y Betty todo alborozadas, pues rara vez se veían organilleros por esos contornos y a las niñas les gustaban mucho. Sonriente, mostrando sus clientes que resplandecían de blancos que eran y haciendo centellear sus ojos negros, el hombre tocó el organillo mientras el mono hacía serios saludos y recogía las monedas que Thorny le arrojara.
-Hace calor y usted parece cansado. Siéntese, que ordenaré que traigan algunos bocados -dijo el joven señorito indicándole el asiento que estaba junto al gran portón.
Después de dar las gracias en un mal inglés el hombre obedeció de muy buena gana, y Ben pidió que también dejaran que Jacko, el mono, se pusiera cómodo. Según explicó, él conocía cuáles eran los gustos y las costumbres de esos animales. Así, pues, quitaron al pobre bicho su sombrero de candil y su uniforme, y lo alimentaron con pan y manteca y hasta le permitieron tirarse sobre el césped fresco a dormir una siesta. Mostraba tal parecido con un pequeño hombrecito cubierto con un abrigo de piel que los niños no se cansaban de mirarlo.
Entretanto. la señorita Celia, que también había aparecido, se puso., a hablar en italiano con Giácomo, con lo que puso un poco de alegría en el nostálgico corazón del organillero. Ella había estado en Nápoles y comprendía los sentimientos del hombre por la ciudad que le viera nacer. Sostuvieron una larga conversación en ese musical idioma y el organillero se sintió tan agradecido que se puso a tocar el organito para que los niños bailaran hasta que el cansancio los rindiera. Y cuando se detuvo, pareció que lamentaba tener que volver a deambular, solitario, por esos polvorientos caminos.
-Me gustaría irme con él y andar rumbo por lo menos una semana. Podría vivir fácilmente si también tuviera mi perro para exhibirlo -dijo Ben mientras trataba de convencer a Jacko para que se dejara poner el-traje que el animal detestaba.
-¿Vendrás conmigo? ¿Sí? -preguntó el hombre sacudiendo la cabeza y sonriendo contento ante la perspectiva de tener compañía.
Por otra parte, su ojo avezado y lo que había visto y oído decir a los niños le convenció de que Ben no era uno de ellos.
-Si tuviese mi perro, sin duda alguna -contestó con vehemencia el triste Ben y en seguida relato la historia de la perdida de su amigo.


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