Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.114
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a cuanto perro lanudo encontraba en el camino cuando iba al mercado. Pero ni rastros del animal se veían por ninguna parte. Ben estaba inconsolable y muy enojado, le lijo a Bab que bien merecido tenía lo que le ocurría cuando esta comenzó a sentir los efectos del venenoso cornejo en las manos y la cara. La pobre Bab. también lo pensó así y no se atrevió a esperar compasión de nadie, aunque Thorny, muy diligente, se había apresurado a recomendarles fomentos con hojas le llantén, y Betty, compungida, le ponía las hojas mojadas sobre las ronchas. Este tratamiento fue tan eficaz que bien pronto la paciente volvió a ocupar, como antes, su puesto en las reuniones. Pero para el mal de. Ben no había remedio y el muchacho sufría inmensamente.
-No parece que este bien esto de que yo deba soportar tantas perdidas. Primero papá y ahora Sancho. Si no fuera por la señorita Celia y por Lita, no sé si podría soportarlo -dijo cierto día, en un acceso de desesperación, una semana después de que hubiera ocurrido el triste suceso.
-¡Oh!... ¡Vamos!... ¡No te pongas así!... Si vive aún lo encontraremos, y si no, yo te conseguiré otro tan bueno como él -prometió Thorny, dándole un amistoso golpecito en el hombro, mientras Ben se sentaba entre las plantas de habas por donde había estado carpiendo la tierra.
-¡Como si hubiera algún otro perro que se pudiera comparar con él, aunque sea medianamente!... -exclamó Ben indignado-. O como si y o fuera capaz de reemplazarlo por otro perro por más hermoso que sea y por bien que mueva la cola!... ¡No, señor!... ¡Hay un solo Sancho en el mundo, y si ése no vuelve, yo no quiero ningún otro perro!...
-Busca otro animal, entonces. Elige el que prefieras. Te celo uno de los míos. Allí tienes los pavos reales... ofreció Thorny lleno de infantil simpatía y buenos propósitos hacia su amigo.
-Son muy hermosos, pero yo no los quiero. Gracias -replicó el triste niño.
-Entonces toma un conejo. Tómalos todos...
-Eso era un importante ofrecimiento, pues había, por lo menos, una docena de conejitos.
-No son fieles como los perros y sólo se ocupan de escarbar entre los desperdicios y rumiar todo el día. Me disgustan los conejos...
-No era difícil que Ben estuviera cansado de ellos porque había tenido que cuidarlos desde su llegada y cualquier niño que haya criado conejos alguna vez sabe el trabajo que dan.
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