Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.111
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¿Crees que se negará? -preguntó Bab levantándose pesadamente al mismo tiempo que aparecía un muchachón alto arrastrando una carretilla desde un corral cercano.
-¡Hola, Joslyn!... -saludó Ben reconociendo al muchacho que era uno "de los amigos de la loma" quien bajaba los sábados al pueblo a jugar o a hacer algún mandado.
-¡Hola, Brown!... -respondió el otro deteniendo la marcha, sorprendido al verlos en tan deplorable estado.
-¿Adónde vas? -preguntó Ben con parquedad.
-Voy a llevar este maldito trasto a casa.
-,Hacia allá?... -y el. muchacho señaló la granja que se veía al pie de la colina.
-Varios para allá. Yo llevaré la carretilla.
-¿Por qué? -preguntó el prudente muchacho desconfiando de tan espontáneo ofrecimiento.
-Bab está cansada y quiere que la lleve. Te dejaré la carretilla en perfecto estado, te lo prometo... -aseguró Ben medio avergonzado pero ansioso de terminar pronto aquel viaje, ya que los contratiempos comenzaban a multiplicarse.
-No podrás llevarla por ese camino. Debe pesar tanto como un saco de arena -se burló el muchacho divertido con esa proposición.
-Soy más fuerte que la mayoría de los muchachos de mi edad. Ya lo verás -y Ben se cuadró e hizo un saludo al que el otro contestó muy amablemente.
-Está bien: veremos si eres capaz de hacerlo.
Bah se dejó caer dentro del nuevo. carruaje sin temor alguno, y Ben la condujo a buen paso mientras el muchacho se refugiaba debajo de un granero para observar la marcha de su amigo, muy contento de haberse librado de aquella carga.
Al principio todo anduvo bien, pues el camino era cuesta abajo v la carretilla, chirriando, daba ligeras vueltas. Bah sonreía a su conductor llena de gratitud y Ben proseguía "puesta la voluntad sobre el músculo" como suelen decir.
Pero luego el camino se torno más barroso y empezó a subir. La carga se hacía paso a paso más y más pesada.
-Ahora puedo bajarme. Me gusta que me lleves, pero me parece que soy demasiado pesada -dijo Bab viendo que el otro que tenía frente a ella se ponía violentamente rojo y la respiración del muchacho se tornaba agitada.
-¡Quédate quieta!... Joslyn dijo que no podría llevarte y yo no voy a permitir que tenga razón. Aún nos está mirando... -jadeó Ben y, la cabeza gacha, los dientes apretados y con todos los músculos de su delgado cuerpo en tensión, empujo la carretilla y subió por el camino que llevaba hasta la puerta del granero de los Batchelor.
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