Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.110
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Bah se sintió desfallecer: la mirada del animal le había hecho recordar la de Sancho. Se puso a sollozar suavemente y á mirar hacia atrás deseosa de ver al querido y viejo amigo aparecer saltando por el camino. Ben oyó el dolorido sollozo y miró a la niña rápidamente por sobre el hombro. Ofrecía aquélla un espectáculo tan lastimero que se calmó en parte su enojo y para justificar su rudeza anterior se dijo:
-Bab es una niña traviesa, pero que ya ha sufrido bastante. Cuando lleguemos al señalero volveré a dirigirle la palabra, pero no la perdonaré hasta que Sancho haya regresado.
Pero su naturaleza era más bondadosa que todos sus propósitos. Antes de alcanzar el poste indicador Bab, cegada por las lágrimas, tropezó con la raíz de un árbol y rodó hasta caer sobre un colchón de ortigas. Ben la ayudó a levantarse y trató, aunque vanamente, de consolarla. La niña se sentía tan desamparada que nada lograba cal-carla y lloraba a lágrima viva retorciéndose las manos que le ardían y dejando rodar por sus sucias mejillas gruesos lagrimones que corrían igual que los hilos de agua que descendían hasta el camino.
-¡Oh Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡Estoy llena de ronchas y tengo hambre!. .. ¡Me duelen los pies, tengo frío!. -gemía la pobre niña tirada sobre el pasto con un aspecto tan miserable que habría conseguido ablandar el corazón más rudo.
-No llores así, Bab. Me he portado mal contigo. Discúlpame. Te perdonaré y nunca .más te castigaré -exclamó Ben quien, como buen hombrecito que era, se olvidó de sus propias aflicciones para tener en cuenta sólo las de ella.
-Pégame otra vez, si quieres. Sé que procedí mal al atar y abandonar luego a Sancho. No lo haré más. Estoy tan arrepentida que no sé qué hacer -respondió Bab completamente vencida por la generosidad y bondad de Ben.
-No te preocupes. Límpiate la cara y sigamos viaje. Le contaremos todo a tu mamá y ella nos dirá qué debemos hacer. Tal vez Sancho haya llegado a casa antes que nosotros.
Así procuraba Ben darse ánimos y alegrar a Bab con la esperanza de encontrar al perro. -No creo que pueda seguir caminando. Estoy muy cansada, y las piernas se niegan a llevarme. Además, el agua que tengo dentro de los zapatos los hace muy pesados. Quisiera que ese muchacho que viene por allí me llevara un trecho en su carretilla.
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