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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.109

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Camino así, trabajosamente pero resuelta, poco más de una milla. Ben iba adelante guardando un solemne silencio que termino por tornarse insoportable. La castigada Bab deseaba con toda su alma una palabra de indulgencia, pero esta no llegaba, y entonces se puso a pensar muy afligida como haría para soportar la pena si el cumplía la terrible amenaza de no hablarla durante un año entero.
Pero poco a poco fue apoderándose de ella un nuevo malestar. Tenía los pies mojados, fríos y cansados, y como los maníes y el maíz frito no constituyen, en verdad, gran alimento, no era extraño que también se sintiera hambrienta y débil. El deseo de ver un espectáculo desconocido pudo haberla mantenido antes, pero eso ya había pasado y lo único que tenía en esos momentos eran ganas de acostarse y dormir. Hacer un largo camino para ir al circo era muy distinto a hacer el mismo recorrido de regreso a casa, donde espera tan solo una madre enojada y afligida. El fuerte chaparrón se había transformado en una tupida llovizna; comenzaba a soplar un frío viento del este; el camino que subía y bajaba las lomas parecía alargarse delante de sus cansados pies, mientras la figura muda con traje de franela gris se alejaba con paso cada vez más rápido sin volver la cabeza. Esto hizo´ que la tristeza y los remordimientos de Bab llegaran al máximo.
Pasaban los carros por el camino, pero todos iban completos y nadie les ofrecía un sitio. Los hombres y los niños los dejaban atrás no sin antes burlarse del pobre aspecto de la solitaria pareja. Pues la lluvia había transformado a los dos niños en unos pequeños vagabundos. Y no tenían al bravo Sancho para que los defendiera e hiciera frente a los impertinentes. Esta idea se les ocurrió a ambos casi simultáneamente cuando vieron pasar a un perro ovejero que pasaba trotando bajo un coche. El buen animal se detuvo para dirigirles una palabra de aliento en su lenguaje mudo. Miró a Bab con sus ojos mansos, metió luego el hocico en la mano de Ben y prosiguió luego su viaje con la cola levantada.
Ben se sobresaltó al sentir el frío contacto del hocico entre sus dedos, luego dio un golpecito en la cabeza del animal y se quedo mirándolo alejarse a través de la niebla cine la lluvia y la humedad levantaban.


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