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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.107

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-No hay necesidad de meterse en esa aglomeración donde correríamos el riesgo de que nos aplastaran. Esperaremos un poco y luego podremos salir cómodamente. Llueve mucho y tú te empaparás antes de llegar a tu casa. Eso no te gustaría,´ ¿no? preguntó Ben observando la lluvia que caía incesantemente como si no fuera a parar nunca.
-¡Bah!... Eso no me preocupa… -contestó Bab que se balanceaba sobre una soga con aire satisfecho, pues seguía muy alegre y estaba dispuesta a disfrutar de ese día hasta el fin-. Me gusta el circo con locura y me habría agradado quedarme a vivir aquí. Dormir en uno de esos carros, como-lo hacías tú y tener esos lindos potrillitos para poder jugar con ellos.
--No te habría gustado tanto si te hubieras encontrado sola, sin nadie que cuidara de ti -comenzó a decir Ben pensativamente mientras miraba aquellos lugares, familiares para él, donde los hombres daban de comer a las bestias, se acomodaban luego para comer o se tendían a descansar un poco antes de que empezara la función vespertina. De pronto, el muchacho dio un salto y dejando la correa de Sancho en manos de Bah dijo apresuradamente:
-Allí veo un muchacho conocido. Tal vez el pueda decirme
algo acerca de papá. No te muevas de aquí hasta que yo regrese.
Salió corriendo y Bab pudo ver como desaparecía persiguiendo a un hombre que terminaba de dar agua a la cebra y se alejaba con un cubo en la mano. Sancho intento seguirlo, pero lo detuvo un enérgico:
-¡No!... ¡Tú no puedes ir!... ¡Que molesto eres!... ¿Siempre has de correr tras la gente que no te necesita?
Sancho podría haber respondido:

-¿Y tú? - pero como era un perro muy gentil se sentó con expresión resignada y se puso a observar a los potrillos, que, despiertos va, comenzaron a jugar al escondite con sus mamás. Bab disfrutaba en grande de aquel espectáculo y festejaba la gracia de los saltos de los potrillos. Y para acercarse más a ellos, ato a Sancho a un poste y paso por debajo de las cuerdas de modo que le fuera posible acariciar al más pequeño, un caballito de color gris que se arrimo a ella y le dirigió una confiada mirada con sus ojos oscuros y un amable relincho.
¡Ay, desventurada Bab!... ¿Por que te volviste de espaldas? ¡Oh Sancho, animal inteligente!.


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