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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.104

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Los hombres que estaban sentados en los asientos más altos se asomaron por entre las lonas y anunciaron que se venía un fuerte aguacero. Algunas madres ansiosas comenzaron a recolectar sus hijos igual que hacen las gallinas al atardecer; algunos graciosos mal intencionados relataron divertidas historias de carpas voladas por el viento, de jaulas que se abrían y dejaban escapar a las fieras.
Muchos huyeron, y los artistas se apresuraron a dar por terminada la función lo antes posible.
-Me voy antes de que empiece a salir toda la gente. De una carrera llegaré luego a casa. He visto a dos o tres conocidos de modo que me marcho con ellos. -Y con unos pocos saltos San desapareció dejando a sus amigos sin más ceremonias.
-Es mejor esperar que pase el chaparrón. Podemos volver a ver los animales y luego regresar a casa sin mojarnos -observó Ben procurando infundir valor a sus compañeros, pues notó que Billy miraba ansioso las lonas que comenzaban a chorrear agua y los postes que se balanceaban y escuchaba las pisadas de los que huían de la tormenta, cosas que bastaban para justificar el miedo de los niños sin necesidad de agregar el melancólico rugido del león que sonaba lúgubremente a través de la penumbra que ya invadía el recinto.
-Por nada del mundo quisiera perderme el número de los tigres. ¡Mira! ... ¡Ahora acercan más la jaula y el domador prepara su rifle! ¿.Le tirará a alguno de ellos, Ben? -preguntó Bab, acercándose asustada al muchacho, pues temía más el estampido de un rifle que los truenes más terribles.
-¡Pero no, criatura!... Sólo lo carga con pólvora y hace un poco de ruido para atemorizar a las fieras. A pesar de ello, a mí no me gustaría estar en su lugar. Papá decía que no hay que confiar en los tigres como se puede hacerlo en los leones por muy domesticados que aquéllos parezcan. Son taimados como los gatos y un rasguño de sus garras no hace ninguna gracia -explicó Ben moviendo significativamente la cabeza. mientras los barrotes de la jaula crujían y las pobres bestias saltaban, hacían pruebas y luego volvían a ponerse en acecho furiosas de que las obligaran a hacer tal despliegue de fuerzas en cautividad.
Bab recogió las piernas y pestañeó rápidamente muy. nerviosa al ver cómo "cl hombre del brillante uniforme" acariciaba a los enormes felinos que se tendían a sus pies, les abría las grandes fauces, se acostaba entre ellos y los obligaba a saltar sobre su cuerpo moviendo un gran látigo.


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