Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.102
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Esta parte del programa entusiasmo a los niños, y no era para menos, ya que la fuerza y la agilidad, atributos varoniles que los niños admiran, eran poseídos en alto grado por los saltimbanquis que volaban por el aire como pelotas de goma rivalizando en destreza hasta culminar con el doble salto mortal que dio el jefe del grupo pasando por encima de cinco elefantes.
-¿Qué me dicen, amigos? ¿Qué les parecen esos saltos? -preguntó Ben restregando satisfecho las manos mientras sus amigos aplaudían hasta no poder más.
-Cuando volvamos a casa instalaremos un trampolín y procuraremos imitarlos -dijo Billy loco de entusiasmo.
-¿De donde-sacarás los elefantes? -preguntó Sam despectivamente, pues a él las acrobacias no le entusiasmaban.
-Tú harás el papel de uno de ellos-replico Ben, y Billy
y Bab se echaron a reír con tantas ganas que un hombre que estaba sentado detrás de ellos y que había seguido toda la conversación dijo que eran unos niños muy divertidos y no apartó la mirada de Sancho, que comenzaba a insubordinarse.
-¡Hola! ... ¡Eso no estaba en el programa!... -gritó Ben al ver entrar a un payaso pintarrajeado seguido de media docena de perros.
-¡Qué alegría!... ¡Ahora también Sancho podrá divertirse! ... Allí va un perro que podría ser su hermano mellizo. Ese de la cinta azul... -exclamó Bab inclinándose llena de satisfacción a contemplar los perros que ocupaban sus sitios en sillas dispuestas especialmente para ellos.
Sancho demostró que le gustaba mucho esta -parte del programa, pues salió de abajo del asiento y se adelantó a saludar a sus congéneres. Pero como no pudo hacerlo, se sentó tan humildemente a los pies de su amo, que Ben no tuvo valor para obligarlo a colocarse nuevamente bajo su asiento. Sancho se quedó quieto un momento, pero cuando el perro negro que hacía de payaso efectuó su gracioso número y todos los aplaudieron, intentó saltar a la pista y vencer a su rival, lo que obligó a Ben a darle un sacudón y ponerle un pie encima para tenerlo quieto, no fuera que el animal provocara algún desorden y por su culpa los obligaran a abandonar el circo.
Sancho estaba demasiado bien educado como para intentar rebelarse nuevamente, de modo que se tendió a meditar sus culpas mientras concluía la representación de los perros. Se abstuvo de hacer demostraciones o de mostrar su interés por las proezas de los animales.
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