Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.98
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Algunas flores mustias. mucho y ramitas verdes cayeron a los pies de Ben y un manojo de hojas anchas y un racimo de bayas blanquecinas atrajeron su atención.
-¿Donde encontraste esto? -preguntó removiendo las hojas con el pie.
-En un pantano. Sancho vio alzo allí y yo me acerqué creyendo que encontraría una rata almizclera.
-¿Y qué encontraste? -preguntaron los tres muchachos a coro con sumo interés.
-Un gusano. Pero a mí no me gustan los gusanos. En cambio me agrado esa planta por lo verde y bonita. A Thorny también
le gustan las hojas raras -recordó Bab concluyendo de peinar sus trenzas.
-Pero éstas no deben gustarles ni a ti ni a él porque son venenosas. ¿No te habrán envenenado ya? Por las dudas, no las vuelvas a tocar. Las plantas que crecen en los pantanos son malas. Así" lo aseguró la señorita Celia. - Y Ben comenzó a mirar ansiosamente a su amiguita quien se miraba las manos sucias asustada. Luego preguntó muy preocupada:
-¿Crees tú que me enfermaré antes de ir al circo?
-No. Tengo entendido que el efecto sólo se siente al cabo de dos o tres días. Pero entonces es terrible...
-Poco me importará si antes he conseguido ver esos curiosos animales. Vamos pronto y no bacas caso de malas hierbas -aconsejó Bab más tranquila, pues la felicidad del presente era lo único que conmovía su juvenil y despreocupado corazoncito.
CAPITULO 14
Olvidando las preocupaciones. el grupo de chiquillos bajó corriendo la loma seguido por el inquieto perro que saltaba alrededor de ellos, y poco después pudieron ver de cerca la gran carpa del circo. Pero como ya la gente comenzaba a entrar, no pudieron demorarse mucho en la puerta de acceso.
Ben tuvo de inmediato la. sensación de que pisaba terreno conocido, y con tal indiferencia y tranquilidad arrojo su dólar en la taquilla, recogió el vuelto y echo luego a andar en dirección a la puerta de entrada con las manos en los bolsillos, que hasta el grandote de Sam domino su impaciencia y siguió humildemente al cabecilla que los conducía de un linar a otro como si fuera el dueño de todo aquello y tuviera que hacerle los honores a sus invitados. Bab, que se había asido fuertemente a los faldones de la chaqueta de su amigo. miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos v escuchaba profiriendo grandes exclamaciones de asombro y alegría al oír el rugido de los tigres v los leones.
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