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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.95

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-Me parece oírlos rugir. -Y Billy se irguió para mirar con sus grandes ojos en dirección a las lonas que el viento hacía ondular y que ocultaban a su vista a los terribles leones.
-No seas tonto, Bill. Es una vaca que muge. Cuando oigas el rugido de un león temblarás de pies a cabeza - exclamó Ben
quien en ese momento se ocupaba de hacer secar su pañuelo que había hecho el doble oficio de toalla y servilleta.
-¡Convendría que te apuraras, Sam! ... La gente comienza a ir para allá. Lo veo desde aquí... -Billy se movía impaciente. Era la primera vez que él iba a ir a un circo y creía firmemente que vería cuanto anunciaba el programa.
-Aguarda un poco a que beba otro trago de agua. Los bollos son muy secosmanifestó Sam, quien se deslizó hacia la orilla de la barranca para poder descender más fácilmente.
No obstante ello, a punto estuvo de rodar de cabeza, pues al mirar abajo antes de saltar descubrió algo que atrajo poderosamente su mirada durante unos instantes.
En seguida se dio vuelta e hizo una seña a sus compañeras al mismo tiempo que les decía en voz baja pero muy ansiosamente:
-¡Miren rápido, muchachos!...
Ben y Bill se asomaron y con gran esfuerzo lograron contener una exclamación de profundo asombro: allí, abajo, se hallaba Bah aguardando que Sancho concluyera de calmar su sed en el arroyuelo.
Tenían un aspecto cansado y miserable. Bab, con la cara roja como un camarón, surcada de grandes lagrimones, los zapatos blancos de polvo, el delantal desgarrado de cuyo cinturón colgaba algo y uno de los zapatos con el talón afuera como si le lastimara el pie. Sancho, con los ojos cerrados, bebía ansiosamente; el pelo sucio, la cola gacha y el pompón a media asta como si estuviera de duelo por el amo que lo había abandonado. Bab sostenía aún la correa como si fuera a conducir al perro; pero se había perdido y el coraje comenzaba a abandonarla. Miraba sin cesar a ambos lados del camino, pero sin poder descubrir a las tres figuras conocidas a las que había seguido sin perderles pisada como si fuera un pequeño indio que corriera tras los rastros de un enemigo.
-¡Oh, Sancho!... ¿Qué haremos si no los encontramos? Sin embargo, no deben hallarse lejos.


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