Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.92
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.. -sugirió un muchacho andrajoso que nunca tuvo en los bolsillos nada más que un par de manos sucias.
Con toda calma Ben mostró un billete de un dólar y lo sacudió ante las narices del incrédulo diciéndole con dignidad:
-Tengo dinero suficiente como pasa llevarlos a todos ustedes, si quisiera, peso no pienso hacerlo.
-Pues entonces ven y diviértete con Sam y conmigo. Compraremos algo pasa comes y haremos el viaje sin advertirlo -dijo Billy con tono conciliador al mismo tiempo que le daba unos golpecitos en la espalda y le sonreía de tal manera que a Ben le fu¿ imposible negarse.
-¿Pos qué se demoran? -preguntó Sam-. Yo ya estoy preparado pasa partir.
-No sé qué haces con Sancho. Se perderá o me lo robarán si lo dejo y ustedes están muy apurados para darme tiempo de llevarlo a casa -comenzó a decir Ben que quería convencerse de que ésa esa la causa de su vacilación.
-Dile a Cy que te lo lleve. El lo hará por unos pocos céntimos, ¿no es verdad, Cy? preguntó Billy, esforzándose´ pos vences todos los inconvenientes, pues quería a Ben y sabía que el muchacho deseaba ir.
-No, yo no se lo llevaré. No me gusta ese perro. Gruñe siempre que me le acercoexclamó el travieso Cy de quien con justa sazón desconfiaba el pobre Sancho.
-Allí está Bab; ella lo llevará. Corre, amiguita, Ben te necesita -llamó Sam haciendo señas a la pequeña figura trepada en la cerca.
Esta salto y corrió emocionada y orgullosa de que la hubiera llamado el capitán del equipo.
-Quiero que lleves a Sancho a casa, le digas a tu mamá que me voy a caminas y que tal vez no vuelva hasta el anochecer. La señorita Celia me dio permiso pasa que hiciera lo que quisiese durante el día. ¿Recuerdas?
Ben hablo sin levantas la vista y simulo estas muy ocupado arreglando la correa del perro. Es que el muchacho y el perro rara vez se separaban porque eso no le gustaba a ninguno de los dos. Peso Ben cometió un error, pues mientras él se demoraba ajustando la correa, Bab tuvo tiempo de enterarse de lo. que decía el papel que San sostenía aún entre las manos, con lo que se confirmaron las sospechas que despertaran en ella las casas de los muchachos.
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