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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.90

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Hacía un calor sofocante, paro divertía poder ver a través de las ventanas altas de las casas y oír los gritos de las mujeres que se asustaban cuando el carricoche se tambaleaba y yo simulaba que me caía -dijo Ben apoyado en un palo con el aire de un hombre que ha recorrido al mundo y que deplora tener que descender desde su alta esfera.
-Si yo me hubiese encontrado en tu lugar nunca hubiera venido aquí-exclamó Sam quien trataba de sostener con el mentón su palo de "base-ball", pero fracasó, y como no pudo mantener el palo en equilibrio, este cayó y le golpeó la nariz.
-Tienes mucho que aprender, viejo. Te aseguro que la tarea es difícil y no se avendría con tus huesos perezosos. Por otra parte, eres demasiado grande para empezar a aprender. Lo único que podrías hacer en un circo es exhibirte como ejemplar de gordo, siempre que Smithers necesite uno-declaró Ben observando al robusto muchacho con un poco da desprecio.
-Vamos a nadar. Si no podemos jugar no hay nada que hacer aquí-dijo un pelirrojo que deseaba bañarse en el estanque de Sandy.
-Me parece bien. Tampoco yo descubro que otra cosa se puede hacer-suspiró Sam que se incorporó con la misma gracia de un pequeño elefante.
Todos se disponían a seguirlo cuando un agudo "¡chist, muchachos! ¡deténganse!...", hizo que se volvieran a observar a Billy Barton, quien se acercaba corriendo como un potrillo dasbocado y agitaba en la mano una gran hoja de papel.
-¿Qué ocurre ahora? - preguntó Ben mientras el otro, portador da grandes noticias, se acercaba resoplando y haciendo gestos.
-¡Miren!... ¡Lean esto! ¡Acérquense!... -exclamó Bill poniendo el papel en manos de Sam y observando al grupo con su cara de luna llena resplandeciente de alegría.
-"¡Atención! ¡Gran exhibición!" -leyó Sam-. "Van Amburgh y Compañía. Gran Casa de Ferias, Circo y Coliseo. Se presentará en Barryville el cuatro de julio a las trece y a las diecinueve horas en punto. Cincuenta céntimos la entrada. Los menores pagan media entrada. No olviden al día y la hora de la exhibición. H. Frost, Gerente".
Mientras Sam leía, los otros niños se entretenían mirando las curiosas y atractivas figuras que cubrían el programa. Se veía un carro dorado dentro del cual caballeros con corazas tenían en la mano grandes trompetas; tiraban de la carroza veinticuatro corceles con las cabezas, crines y colas adornadas con plumas; payasos, titiriteros, hombres que levantaban pesas y jinetes que volaban por el aire como si para ellos no existiera la ley de la gravedad.


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