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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.88

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Estas cosas complacían a la señorita Celia quien, muy contenta, los miraba partir mientras ella se quedaba tranquilamente en casa y se dedicaba a coser algunas prendas delicadas o a escribir cartas voluminosas o a soñar con otras cartas tan largas como las suyas, meciéndose en su sillón hamaca bajo las lilas.
CAPÍTULO 13

-¡Las clases han concluido!
-¡Ahora podremos jugar!...
Así cantaban Bab y Betty al regresar a su casa aquel último día de junio, al mismo tiempo que cerraban los libros como si no fueran a abrirlos nunca más.
La maestra, agotada, les había dado ocho semanas de vacaciones que ella aprovecharía para descansar. Se cerró la escuelita, las lecciones tocaron a su fin, las vacaciones comenzaron finalmente. La tranquila ciudad se llenó súbitamente de niños tan bulliciosos que las madres comenzaron a pensar cómo aquietarlos e impedirles cometer peligrosas travesuras, en tanto que los padres, siempre prácticos, se las, ingeniaban para utilizar esas pequeñas manos ociosas y las ponían a juntar bayas o a rastrillar el heno, mientras los ancianos, no obstante amar mucho a los niños, ben-decían secretamente al inventor de las escuelas.
Lo primero que hicieron las niñas fue planear y realizar "pic-nics" y pronto los campos, sobre los que esparcían sus sombreros, parecieron cubrirse.de grandes hongos, y las colinas florecieron por doquier, como si los vestidos de alegres colores fueran flores que se iban de paseo; y los bosques se llenaron de pájaros sin plumas que piaban tan alegremente como los tordos, los petirrojos y los reyezuelos.
Los muchachos se entregaron al "baseball" como pato que se echa al agua, y grandes batallas de mucho ruido pero poca sangre sacudieron las praderas. A los profanos en estas cosas debía parecerles que estos jovencitos habían perdido el juicio, pues, sin preocuparse por el calor que hiciese, ellos estaban siempre allí, sin saco, arremangados, arrojando al aire gorras de todo tipo, dando golpes sobre pelotas de cuero muy gastadas, arrojándolas al aire y corriendo luego tras ellas como si sus vidas dependieran de eso.
Todos hablaban con aspereza, chillaban a voz en cuello, disputaban sobre cualquier incidente del juego y, no obstante el calor, el polvo, la gritería y el inminente peligro de perder en cualquier momento un ojo o un diente parecían muy contentos.
Thorny era un jugador excelente, pero, como no estaba lo bastante fuerte como para demostrar su destreza, Ben lo sustituyó.


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