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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.77

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-¡Mira que hermosa caña cortó Ben para mí!... -dijo el mayor de los muchachos blandiendo la caña mientras se acercaba.
-¿Qué han hecho por allá? Están tan contentos que sospecho habrán cometido alguna travesura -manifestó la señorita Celia observándolos desde la escalinata.
-Nos hemos portado como un par de angelitos. Yo no he hecho más que conversar y Ben aprendió un himno que te recitará. Acércate y dilo, amigo mío -invitó Thorny muy alegre.
Quitándose el sombrero Ben obedeció inmediatamente, divertido al descubrir el color que aparecía en las mejillas de la señorita Celia en cuanto ésta comenzó a oír la poesía. Y consideró que su estudio recibía su merecida recompensa cuando, luego de concluir el poema con un saludo, la joven le dirigió una complacida mirada acompañada de las siguientes palabras:
-Me enorgullece que hayas elegido ese poema y advierto que lo dices como si tuviera un significado especial para ti. Lo escribí cuando tenía catorce años, pero me salió del corazón y me hizo un gran bien. Deseo que a ti te ocurra lo mismo.
Ben murmuró que así era, pero no le gustaba decir esas cosas delante de Thorny, de modo que, precipitadamente, retiró la silla y todos entraron a tomar el te. Pero más tarde, al anochecer. mientras la señorita Celia cantaba al piano como un ruiseñor, se apartó de las medio dormidas Bab y Betty y fue a refugiarse juntó a las lilas para poder escuchar con todo su corazón, lleno en esos momentos de buenos propósitos y felices pensamientos. Nunca había gozado de un domingo como aquél... Y al irse a dormir repitió la tercera estrofa del poema de su amiga. Porque esa estrofa era la que más le había emocionado. El padre que tanto amara y que había perdido le hacía experimentar la necesidad de buscar el amor y el apoyo de ese otro Padre al que nunca había visto.
CAPÍTULO 12

Tonos se mostraron muy buenos con Ben cuando conocieron su desgracia. El alcalde escribió al señor Smithers que Ben había encontrado nuevos amigos y que se quedaría donde estaba. La señora Moss lo consoló con afecto maternal y las pequeñas hicieron cuanto estaba al alcance de ellas para ser "amables con el pobrecito Ben". Pero su verdadero consuelo fu¿ la señorita Celia, quien ganó por entero su corazón, no sólo a causa de las amistosas palabras que le dirigía o por las cosas que por él hacía, sino, sobre todo, por la simpatía que le demostraba a toda hora, en los momentos precisos, a través de una mirada, con una caricia o una sonrisa, mucho más eficaces, por cierto, que cualquier palabra de condolencia.


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