Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.73
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Por eso hizo a un lado las cartas, quito el bolsillo negro del collar de Sancho y hasta se permitió silbar suavemente mientras guardaba sus tesoros y estar así preparado para-mudarse al día siguiente llevando pocas penas y mucho optimismo.
-Thorny ... Quiero que seas bueno con Ben esta tarde y lo entretengas sin agitarte demasiado. Yo debo quedarme a esperar a los Morris que han prometido venir, pero ustedes pueden ir a la alameda y divertirse -dijo la señorita Celia a su hermano.
-No alcanzo a imaginar como podré divertirme charlando con ese cuidador de caballos. Me, apena su desgracia, pero no se me ocurre como podré divertirlo -replico Thorny levantándose del sillón en medio de un gran bostezo.
-Tú sabes ser amable cuando quieres y por hoy Ben ya ha estado bastante conmigo. Mañana tendrá que comenzar a trabajar, cosa que estoy segura hará muy bien. Pero hasta entonces debemos hacerle compañía, pues el pobre no sabe qué hacer a colas consigo mismo. Además, es el momento oportuno para influir sobre el. La muerte de su padre lo ha ablandado y estoy segura de que su mayor deseo es ser un buen muchacho. Debemos ayudarlo nosotros entonces, ya que no tiene a nadie más a su lado.
-Bueno, empecemos la obra. ¿Donde está?-y Thorny dio unos pasos conquistado por la tierna severidad de su hermana aunque dudaba de su éxito con el muchacho de los caballos.
-Esperando con la silla. Randa ya llevo la hamaca. Sé bueno que yo te lo premiaré algún día.
Después de recibir una sonrisa y un beso, Thorny salió con paso vacilante y subió al cochecito; saludó de muy buen talante a su conductor a quien encontró sentado sobre el travesaño trasero con Sancho a sus pies.
-Llévame, Benjamín. No conozco el camino de modo que no sabría como ir. Lo único cine te pido es que no me tires afuera.
-Muy bien, señor.- Y Ben lo condujo por el largo camino que cruza la huerta y que lleva hasta un bosquecillo, donde crecen siete pinos. ¡Hermoso lugar! Un suave susurro llenaba el aire y bajo los pies se extendía una oscura alfombra de agujas de pino, y pequeños conos y por encima de los altos helechos que adornaban la loma se divisaban fugazmente la sierra y el valle, las granjas y el río ondulado que.
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