Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.72
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La señorita Celia no pudo dejar de sonreír al oír como hablaba Ben de aquellas cosas, pero le satisfizo mucho que al muchacho le atrajeran la música y los relatos y resolvió que le haría grata la obligación de ir a la iglesia para que se acostumbrara a ella y le gustase.
-Bien, esta mañana me has acompañado y procedido de acuerdo a mis costumbres. Esta tarde serás tú quien dirija y nosotros te seguiremos. Ven a eso de las cuatro para ayudarme a llevar a Thorny hasta la alameda. Pondremos allí una hamaca, pues el aroma de los pinos es bueno para su salud. Ustedes podrán conversar, reír y divertirse a gusto.
-¿Me permite llevar a Sancho? No le gusta que lo deje. Se puso furioso cuando lo encerré para que no me siguiera y fuera a buscarme dentro de la capilla.
-Pues claro que sí. Dejemos que el inteligente animal disfrute como ustedes de este hermoso domingo.
Satisfecho con el programa, Ben se fue a almorzar, lo que hizo muy de prisa para poder contar las mañas de que tuvo que valerse para burlar el aburrimiento que lo invadió durante la lectura del sermón. Pero no dijo nada de la conversación que sostuvo con la señorita Celia porque todavía no estaba muy seguro de que le agradara
o no lo que ella le propusiera y prefería meditarlo antes de decidir nada.
Después de almorzar le quedo sobrado tiempo para pensar en sus tristezas; por eso deseo con todas sus fuerzas que llegaran las cuatro de la tarde ya que, ponerse triste le gustaba menos aún que cortar leña.
La señora Moss se fue a hacer la siesta; Bah y Betty se sentaron en dos banquitos a leer sus libros dominicales. A nadie se le permitía jugar, y hasta las gallinas fueron a cobijarse bajo los árboles junto con el gallo que cacareaba somnoliento, como si les estuviera recitando un sermón.
-¡Que día interminable!... -pensó Ben mientras se refugiaba en el rincón más apartado de su habitación para releer las dos cartas cuyo contenido le parecía una historia muy lejana. Porque pasado el primer choque le resulto imposible aceptar lamuerte de su padre, de modo, pues, que decidió no creer en ella. Él era un muchacho sensato y comprendió que sería una tontería considerarse más desgraciado de lo que era en realidad.
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