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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.70

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Al cabo de diez minutos de buen comportamiento experimento necesidad de moverse, de modo que aflojó los brazos y cruzó las piernas con la misma cautela con que el ratón se mueve frente al gato, pues el ojo de la señora Allen no lo perdía de vista, y él conocía por experiencia propia el alcance de esa mirada.
La música que comenzó a oírse le produjo un gran alivio porque pudo sacudir los pies sin que nadie oyera el ruido que hacía. Cuando se pusieron de pie para cantar, tuvo la impresión de que todos los niños lo miraban y se alegró mucho de poder volver a sentarse.
El buen pastor leyó el capítulo dieciséis del sermón de Samuel y luego pronuncio un largo y monótono sermón. Ben lo escuchaba con toda atención, pues le agradó el "joven pastor pelirrojo de hermosa estampa" que resulto ser el escudero de Saúl. Hubiera querido enterarse del resto de su vida, saber si los malos espíritus volvieron a turbarlo, pero no continuaron relatando su historia; el anciano pastor hablo de otras cosas hasta que llegó un momento en que el pobre Ben comprendió que debía optar entre dormirse como el alcalde o tirar el banquito simulando que lo hacía sin querer para tranquilizarse un poco.
La señora Allen le dio una pastilla de menta y él, obedientemente la comió, pero era tan fuerte que le hizo saltar las lágrimas. Entonces, para desesperación suya, la señora lo abanicó y deshizo el correcto peinado que era todo su orgullo. Por fin, un suspiro de aburrimiento atrajo la atención de la señorita Celia quien, aunque parecía absorta en sus devociones, había dejado que sus pensamientos volaran por encima del mar junto con las tiernas plegarias que ella elevaba por el ser a quien amaba tanto quizá como David a Jonathan. Comprendió de inmediato la inquietud del muchacho y le sonrió; sabía por experiencia que muy pocos soportan un sermón tan largo sin moverse. Escogió un trozo en el libro que había traído consigo, y, poniéndoselo a Ben en las manos susurro:
-Lee esto, si estás aburrido.
Ben tomo el libro y obedeció complacido, pero el título "Esa critura Narrativa" no le pareció muy divertido. Sin embargo, atrajo su atención la figura de un delicado joven que le cortaba la cabeza a otro hombre delante de una multitud que lo contemplaba asombrado.


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