Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.68
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-¿En que piensas, muchacho? -le preguntó sorprendiendo una de las muchas tímidas miradas que Ben le dirigiera sin que ella lo advirtiese.
-Pensaba que parecía como si usted ...
-¿Cómo si yo qué? Di: no temas -lo animó la joven, pues Ben se había callado y tiraba de las riendas, avergonzado de su imaginación.
-Como si usted estuviera rezando sus plegarias -murmuró apenas deseando que ella no lo oyera.
-Eso hacía, en efecto. ¿No rezas tú cuando te sientes feliz?
-No, señorita. Cuando yo estoy contento no digo nada.
-Tal vez las palabras no sean necesarias, pero, algunas veces, cuando son sinceras y buenas nos ayudan. ¿No has aprendido alguna plegaria, Ben?
-Solamente el Padre Nuestro. Abuela me lo enseñó cuando era muy pequeño. .
-Te enseñare otras; una muy hermosa que nos dice todo lo que debemos pedir.
-Nuestra gente no era muy piadosa; creo que les faltaba tiempo.
-Quisiera saber qué entiendes tú por piadoso.
-Pues, ir a la iglesia, leer la Biblia, rezar y cantar los himnos, ¿no es eso?
-Esas cosas forman parte de ello, pero ser bueno y alegre, cumplir con los propios deberes, ayudar al prójimo y amar a Dios es la mejor manera de demostrar nuestra piedad, que tiene así su verdadero sentido.
-Entonces usted lo es -y Ben demostró que a través de los actos de la joven había aprendido mejor que a través de sus palabras.
-Procuro serlo, pero a menudo fracaso. Por eso, todos los domingos formulo nuevos propósitos y durante la semana pongo mi voluntad al servicio de ellos. Eso me sirve de consuelo y de ayuda; tú lo comprenderás cuando lo pongas en práctica.
-¿Cree usted que si, durante la. misa, digo ¡no juraré más!, no volveré a hacerlo? preguntó Ben seriamente, pues en esa. época, aquél era su pecado capital.
-Me temo que no sea tan fácil liberarse de nuestros pecados. ¡Ojalá fuera así! ... Pero si tú ruegas mucho y cuidas de no decir malas palabras, te curarás de esa fea costumbre antes de lo que imaginas.
-Jamás me había preocupado esa costumbre que tengo de blasfemar, hasta que vine aquí; Bab y Betty se espantan cuando oyen decir "voto a...", y la señora Moss me reprende. Por eso quiero corregirme. Pero me resulta muy difícil contenerme cuando me enojo.
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