Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.64
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¿Tú no has ido nunca a la iglesia? preguntó la señorita Celia que ansiaba ayudar al niño aunque sin saber como hacerlo.
-No, señorita. Nuestra gente iba muy rara vez y papá estaba tan cansado los domingos que los dedicaba al reposo o me llevaba a pasear al bosque.
Un ligero temblor sacudió la voz de Ben. Con un rápido movimiento echo el sombrero hacia adelante para ocultar sus ojos bajo el ala, pues el recuerdo de aquellas horas hermosas que no volvería a vivir fue demasiado doloroso para él.
-Me parece que es esa una excelente manera de descansar. Yo la he puesto en práctica a menudo. Esta misma tarde ¡reinos también nosotros al bosque. Pero de mañana me agrada ir a la iglesia; tengo la sensación de que eso me ayuda a estar bien durante el resto de la semana. Y si se tiene una pena, es allí adonde se. debe ir a buscar consuelo. ¿Quieres venir y comprobar si lo consigues, querido Ben? -Haré todo lo posible para complacerla -murmuró Ben sin levantar la vista porque, aunque la bondad de la joven le llegaba hasta el fondo del corazón, deseaba que, por un tiempo, nadie hablara de su padre. Era difícil contener las lágrimas y no quería que lo tomaran por un nene.
La señorita Celia pareció comprender porque con tono alegre se apresuro a decir:
-Mirá que precioso espectáculo... Cuando era una niña creía que las arañas hilaban las túnicas de las hadas y luego las tendían a secarse al sol.
Ben dejo de cavar el agujero que estaba haciendo en el suelo con el pie y levanto la cabeza. Vio entonces una hermosa tela de araña -un círculo dentro de otro círculo-, que una araña tejía en un ángulo del portón. La luz que atravesaba la tela hacía brillar diminutas gotitas, y una suave brisa la hacía temblar como si fuera a arrancarla.
-Es muy hermosa, pero se desprenderá-y perderá como todas. Nunca he visto un ser semejante a las arañas. Hilan diariamente su tela, sin cansarse, aunque se pierda su obra -comentó Ben a quien, como ella imaginara, agrado poder cambiar de tema.
-Así se gana la araña la vida. Teje su tela y espera recibir su pan diario, es decir, la mosca desprevenida que cae en la trampa. Pronto la tendrá llena de insectos, y cuando la señora araña haya hecho sus provisiones ya no lamentará.
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