Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.63
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por supuesto, la vida teatral que llevara hasta hacía poco tiempo influyese en sus actos diferenciándolos de los de cualquier otro niño. Entre su mezquino guardarropa no halló nada que le sirviera para enlutar a Sancho, a excepción de un bolsillo de batista negro. Estaba completamente descosido, destrozado por el peso de las bolitas, piedras y otros objetos semejantes que el muchacho solía guardar en él, de modo que lo arrancó y lo ató al collar del animal exclamando para sí, con un suspiro, mientras ponía a un lado sus tesoros:
-Un bolsillo es suficiente. Hoy no necesito más que un pañuelo.
Por suerte, ya que no tenía más que uno, ese accesorio estaba limpio, y colgándolo ostensiblemente del único bolsillo, el sombrero en la cabeza, los zapatos nuevos crujiendo tristemente, seguido por Sancho que con su moño negro estaba impresionante, salió el único deudo, convencido de que había hecho cuanto debía para mostrar su respeto por el muerto.
Los ojos de la señora Moss se llenaron de lágrimas al ver la rústica cinta negra y comprender por qué la llevaba Ben, pero no pudo evitar una sonrisa al descubrir el simbólico trapo negro que colgaba del cuello del perro. Sin embargo, nada dijo para no afligir al muchacho, a quien aquella demostración de su duelo pa. recia consolar. Ben salió a cumplir sus tareas, consciente de haberse convertido en el centro de interés de sus amigos, en especial de Bab y Betty, quienes, advertidas de la pérdida experimentada por el niño, lo miraban con una mezcla de piedad y admiración que a aquel le resultaron muy gratas.
-Quisiera que me llevaras a la iglesia. Va a hacer mucho calor y Thorny no está bastante fuerte aún como para aventurarse a salir -dijo la señorita Celia cuando Ben se presento ante ella, después del desayuno para preguntarle si tenía algo que hacer. Porque consideraba que ella era su ama, aun cuando tuviera que aguardar hasta el día siguiente para hacerse cargo de las nuevas obligaciones que se había impuesto.
-Con mucho gusto, señorita, si usted cree que puedo ir así -contestó Ben contento de que le pidieran algo aunque inquieto también al recordar cómo se vestía la gente en aquellas ocasiones.
-Podrás ir después que yo te haya arreglado un poco. Dios no mira la, ropa. Para Él son tan bien venidos los pobres como los ricos.
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