Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.56
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Lyda, sin vacilar, contestó eligiendo el cartón que tenía escrito el número cero.
-Supón ahora que tienes que dividir el azúcar conmigo. Lyda buscó el número cinco y, cortésmente, se lo ofreció a su amo.
-¡Qué animal más listo!... Sancho no sabría hacer eso -exclamó Ben quien, aun contra su voluntad debía aceptar que el perrito francés era más hábil que el suyo-. ¿Cree usted que es demasiado viejo para aprender?
-¿Continúo? -preguntó la señorita Celia al observar cuánto interesaba el relato a los niños aunque Betty no hubiera dejado en ningún momento la muñeca y Bab siguiera armando un rompecabezas.
-¡Oh, sí... ¿Qué más hicieron las dos perritas?
"Jugaron al dominó sentadas en sendas sillas una frente a la otra. Tocaban las piezas que querían jugar mientras el hombre las movía y comentaba el juego en alta voz. Lyda fue vencida y, avergonzada y abatida, fue a esconderse bajo_ un sofá. Entonces su orno rodeó a Blanche de un círculo de cartas y el se quedó con otro mazo igual en la mano. Nos hacía elegir una, luego preguntaba a la perra que carta habíamos escogido y esta nos traía entre los dientes la misma carta. Me pidieron después que, en la habitación contigua colocara una lámpara en el suelo rodeada, de cartas. En seguida, alguno de nosotros debía susurrar en el oído del animal la carta que queríamos nos trajese. Blanche iba inmediatamente a la pieza vecina y nos traía la carta demostrándonos que había entendido muy bien lo que le dijéramos. Lyda hizo también infinidad de pruebas con los números y algunas de ellas eran tan difíciles que dudo que otro perro pueda hacerlas. Lo que no logre descubrir fue cómo dirigía el hombre a sus animales. Quizá por el tono de la voz, ya que en, ningún momento movía las manos ni la cabeza". ... "Se necesitaría una hora diaria durante más de ocho meses para amaestrar así a un perro. Poco después de esta exhibición el dueño de los perros murió y los maravillosos animales fueron vendidos, aunque nadie supo después hacerles lucir sus habilidades".
-¡Cómo me hubiera gustado haberlos visto y saber cómo los amaestraban!... Sancho: tendrás que estudiar mucho porque no quiero que te derrote ningún perro francés -dijo Ben moviendo el índice con tanta severidad que el perro se arrastró a sus pies y se llevó ambas patas a los ojos como si estuviera a punto de echarse a llorar.
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