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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.51

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Los demás se volvieron a mirar, sorprendidos y entonces Sancho, sin abandonar su aire de inocencia, los observo con una expresión que parecía querer decir:
"¿A que se debe todo este alboroto, amigos míos?"
Después de aquello, Thorny olvido su tristeza y timidez y, súbitamente, comenzó también él a hablar. A Ben le halago el interés que el niño demostraba por su perro. Dio entonces rienda suelta a su buen humor y entretuvo a la concurrencia relatando sus aventuras en el circo. Recién en ese momento la señorita Celia pudo sentirse satisfecha y tranquila. Todo continuo muy bien y en especial la comida, pues los platos vacíos eran reemplazados inmediatamente por otros llenos, la tetera tuvo que ser llenada dos veces, y llego un momento en que la dueña de casa creyó que iba a ser necesario poner un límite al voraz apetito de sus invitados. Pero ocurrió algo que libro a la joven de realizar tan ingrata tarea.
Imprevistamente descubrieron a un niño que, de pie, detrás de ellos, en medio del sendero, observaba todo con gran atención. Era un hermoso niño de unos seis años de edad,, bien vestido, de pelo negro recortado sobre la frente, carita sonrosada y unas piernas regordetas que las medias caídas sobre los zapatos polvorientos dejaban al desnudo. El sombrero de paja colgaba a su espalda, la mano derecha apretaba con fuerza una pequeña tortuga y la izquierda sostenía una variada colección de pajitas. Antes de que la señorita Celia hablara, el recién llegado anuncio sus propósitos con toda calma:
-He venido a ver los pavos reales.
-Antes me dirás... -comenzó a decir la joven. Pero no pudo continuar porque el niño la interrumpió al mismo tiempo que daba unos pasos hacia adelante:
-Y los conejos.
-¿No quieres primero? ...
-Y el perro -concluyo con su suave vocecita el resuelto per. sonaje..
-Aquí lo tienes.
Una pausa, una larga mirada; en seguida otro pedido hecho con el mismo solemne tono seguido de un nuevo avance.
-Quiero oír rebuznar al burro.
-Si él quiere, nosotros no tenemos inconveniente.
-Y oír cómo gritan los pavos reales.
-¿Algo más, señor?
Como a esta altura de la conversación el pequeño y exigente muchacho había llegado junto a la mesa, descubrió su superficie arrasada. Esto le indujo a señalar con su dedo gordezuelo un último trozo de pastel olvidado quién sabe cómo y a exigir dejando de lado los buenos modales:


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