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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.50

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Palmeó la cabeza blanca y mientras acariciaba y miraba amistosamente los afectuosos ojos del perro, dijo a su hermana:
-¡Qué animal inteligente!... Si hasta parece que hablara...
-Pues, ¡naturalmente que habla! -exclamó Ben, quien, ablandado por la expresión de admiración que vio en el rostro de Thorny, ordenó-: ¡Sancho!... Di "¿como está usted?"
Y Sancho, sentándose sobre las patas traseras se tocó la cabeza con una de las delanteras como si fuera a quitarse el sombrero y ladro suavemente:
-¡Gua! ¡Gua! ¡Gua!
Thorny se rió a pesar suyo, y la señorita Celia, comprendiendo que el hielo estaba roto, empujo la silla del niño hasta colocarlo junto a uno de los extremos de la mesa. Luego ubico a las niñas a un lado y a Ben y a Sancho al otro; en seguida se sentó ella a la cabecera e indico a sus invitados que comenzasen a servirse.
Muy pronto, Bab y Betty conversaban animadamente con su nueva amiga como si la conociesen desde mucho tiempo atrás. Los niños, en cambio, no habían perdido la timidez, y Sancho hacía de intermediario. El excelente animal se comportaba con toda corrección y se había sentado sobre su almohadón con tanta seriedad, que hasta parecía que era una falta de respeto ofrecerle algo de comer. Habían preparado especialmente para el un plato de "sandwiches" y cuando Ben, de tanto en tanto, le ponía uno delante, afectaba completa indiferencia hasta el momento en que recibía la orden de comerlo. Entonces lo devoraba de un solo bocado, e inmediatamente volvía a absorberse en sus profundos pensamientos.
Pero en cuanto hubo probado aquel delicioso manjar, penoso le fue reprimir sus deseos, y a despecho de los esfuerzos que hacía por quedarse quieto, el hocico le temblaba, los ojos mantenían una estrecha vigilancia sobre el plato y la cola se movía inquieta y golpeaba impaciente el rojo almohadón. Por último, llego un momento en que la tentación fue más fuerte que él. Ben escuchaba lo que decía la señorita Celia; encima del plato quedaba un indefenso pastel. Sancho miro a Thorny y como éste, que no apartaba la vista del animal, hiciera un gesto de aprobación con la cabeza, se engullo de un solo golpe el pastel y en seguida clavo sus ojos pensativos en un gorrión que se balanceaba sobre una rama.
La astucia del pícaro perro divirtió tanto al niño, que echando atrás el sombrero golpeo las manos y rompió a reír como hacía mucho tiempo no reía.


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