Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.49
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No era extraño que el perro levantara el hocico para olfatear ni que los niños sonrieran, pues delante de ellos había un gran despliegue de postres, bizcochos y emparedados, una bonita lechera en forma de cala blanca parecía emerger de sus verdes hojas, y una graciosa y sonora tetera colocada sobre un pequeño calentador, cantaba alegremente.
-¡Qué hermoso es todo esto!... -murmuró Betty, quien jamás había visto nada semejante. -Quisiera que Sally nos viese ahora -comentó Bab, que no olvidaba a su rival.
-Y yo desearía saber dónde está el niño -agregó Ben, cuyo corazón rebosaba bondad y amor, aunque trataba de disimularlo, temeroso de lo que los demás pudieran pensar de él.
De pronto, un rumor que llegaba desde el fondo del jardín, hizo que los invitados miraran hacia allí. Entonces vieron aparecer a la señorita Celia empujando una silla de ruedas y, sentado en ella, a su hermano. Una manta liviana cubría sus largas piernas, un sombrero de alas anchas escondía casi por completo sus grandes ojos y la expresión de descontento de su rostro delgado era tan desagradable como el tono irritado y áspero de su voz que se quejaba:
-Me iré en cuanto comiencen a hacer ruido. No comprendo para qué los invitaste.
-Para entretenerte, querido. Ellos lo harán si tú procuras serles grato -susurró su hermana al mismo tiempo que sonreía y saludaba con la cabeza por sobre el respaldo de la silla para agregar luego en alta voz-: ¡Qué invitados puntuales! ... En seguida nos sentaremos a tomar el té. Este es mi hermano Thorton, del que espero se harán buenos amigos. Y éste es el perro del cual te hablé, Thorny. ¿No te parece gracioso y simpático?
Pero, no obstante las amables palabras de la señorita Celia, como Ben había oído lo que el otro muchacho dijera decidió que no iba a simpatizar con éI; en tanto que Thorny tenía resuelto de antemano no jugar con un vagabundo aunque este supiera hacer toda clase de piruetas. Por eso, ambos muchachos se miraron con frialdad e indiferencia cuando la señorita Celia los presento. Pero Sancho, que tenía mejores maneras y carecía de orgullo, les dio una buena lección aproximándose a la silla, agitando la cola como bandera que pide tregua, y ofreciendo su pata delantera en señal de amistoso saludo.
Thorny no pudo mostrarse indiferente ante ese gesto cordial.
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