Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.48
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-Estoy acostumbrado a ello. Tampoco me enojaré si me grita o me tira algo por la cabeza -aseguró Ben recordando su última experiencia al lado de Pat.
-Puedo prometerte que tal cosa no ocurrirá, y estoy segura de que Thorny te querrá. Le he contado tu historia y está ansioso por conocer al "muchacho del circo", como te llama. El alcalde Allan dice que puedo confiar en ti y eso me alegra, porque de lo contrario, me habría dado mucho trabajo encontrar lo que necesitaba. Tendrás buena comida y buena ropa, excelente trato y conveniente paga si resuelves quedarte conmigo.
-Está decidido: me quedaré con usted hasta que papá venga a buscarme. El alcalde le ha escrito a Smithers, pero no ha recibido aún ninguna contestación. Como están de gira, pasará mucho tiempo antes de que lleguen noticias -respondió Ben, quien ante tan magnífica proposición que le acababan de hacer, tenía menos impaciencia por partir.
-Bueno. Entretanto, veremos cómo nos llevamos y quizá consigamos que tu padre te deje con nosotros durante el verano mientras él viaja. Ahora, guíame hasta la panadería, la confitería y el correo -concluyó la señorita Celia cuando llegaron a la calle principal de la población.
Ben se mostró muy eficiente, y una vez realizadas todas las diligencias recibió, como recompensa, un paz de zapatos y un sombrero de paja adornado con una cinta azul, en cuyos extremos brillaban dos anclas plateadas. Y de regreso, mientras ´su nueva ama leía la correspondencia, le fue permitido conducir el coche. Una de las cartas, particularmente larga, con una extraña estampilla en el sobre, fue leída dos veces por la joven, quien no volvió a pronunciar una palabra durante el resto del viaje. Luego, Ben tuvo que llevar a Lita y entregar las cartas al alcalde, no sin prometer realizar con premura estas diligencias para estar de regreso a la hora del té.
CAPÍTULO 9
A las seis menos cinco en punto los invitados llegaron de gran gala. Bah y Betty lucían sus mejores vestidos y llevaban cintas en el cabello. Ben se había puesto zapatos y blusa azul nueva, como si vistiera de etiqueta, y a Sancho le habían cepillado prolijamente de modo que su pelo brillaba.
Nadie los esperaba aún, pero la mesita enana ya estaba colocada en medio del sendero con cuatro sillas y un banquito alrededor. El hermoso juego blanco y verde de porcelana china provocó la admiración de las niñas que miraron embelesadas las tazas y platos, en tanto que Ben observaba todo con ansiedad y Sancho debía dominarse para no repetir su primera hazaña.
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