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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.46

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-No, señorita, yo no ... -comenzó mortificado ante la idea de haber olvidado algo.
-¿No te parece que un pequeño palafrenero sentado en el asiento de atrás completaría el buen aspecto del carruaje? -dijo ella con una expresión tal que no cabía duda de que "él" iba a ser el dichoso muchacho que ocuparía el asiento posterior.
Ben, enrojecido de placer, pero contemplando sus pies descalzos y su blusa azul, vaciló y tartamudeó:
-No estoy presentable, señorita... No tengo otro traje.
La señorita Celia sonrió más bondadosamente que antes y con un tono que Ben comprendió mejor que las mismas palabras, contestó
-Cierto gran hombre dijo que toda su armadura eran las mangas de su camisa y un excelso poeta dedicó sus versos a un niño descalzo. ¿He de ser yo tan orgullosa como para que me moleste lleva a un muchacho sin zapatos en mi coche? ¡Arriba, Ben, pequeño palafrenero!... Vamos, de lo contrario llegaremos luego tarde a nuestra fiesta.
De un salto el nuevo palafrenero se encaramó en su sitio donde se sentó muy derecho, las piernas rígidas, los brazos cruzados y la cabeza alta, como él había visto que lo hacían los verdaderos palafreneros cuando acompañaban a sus amos en los coches. La señora Moss los saludó cuando pasaron por la puerta, y Ben se tocó el roto sombrero con toda seriedad sin poder evitar, sin embargo, una sonrisa de placer, la que se transformó en franca risa de alegría en cuanto Lita arrancó con un trote vivo por la suave carretera, rumbo a la ciudad.
Con tan poco se puede hacer feliz a un niño, que es una pena que los mayores no lo recuerden más a menudo y distribuyan un poco de placer entre la gente menuda como quien reparte migas de pan entre los gorriones. La señorita Celia sabía que Ben estaba contento, aun cuando éste no encontrara palabras para expresar su agradecimiento por la gran alegría que ella le había proporcionado. Sólo atinaba a saludar con una inclinación de cabeza a cuantos cruzaban por el camino, a sonreír cuando la punta del largo velo gris de la señorita Celia le rozaba la cara, mientras de lo más profundo de su corazón brotaba el deseo de abrazar a su nueva amiga como lo hiciera tantas veces cuando su querida Melia conmovía su ternura.
Cuando pasaron frente al colegio, los alumnos estaban en clase, y la clara de asombro que pusieron niños y niñas cuando vieron a Ben tan tieso en el coche, fue todo un espectáculo.


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