Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.45
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-Quiere el faetón a las cuatro ...
-Estaba muy linda, con su vestido blanco ...
-Esta tarde iremos a tomar el té con ella; llevaremos a Sancho. pues él y todas las muñecas han sido invitados.
-¿Podemos ponernos nuestros vestidos de los domingos?
-Lita tendrá nuevos y hermosos arneses ...
-Y a ella le gustan las muñecas...
-¡Cómo nos divertiremos!...
Con gran dificultad la señora logró formarse una idea aproximada del asunto y no sin trabajo consiguió que los niños se sentaran a tomar el desayuno, pues la perspectiva de la reunión se había trastornado completamente.
Bab y Betty pensaban que el día no acabaría nunca y pasaron las horas imaginando y magnificando de antemano los futuros placeres, hasta un punto tal, que sus compañeras quedaron tristes al no poder ir ellas también. A mediodía la madre tuvo que contenerlas para que no corrieran a la casa grande. Entonces las pequeñas, para consolarse, fueron hasta el bosquecillo de lilas desde ronde pudieron aspirar los ricos olores que llegaban de la cocina donde Katy, sin duda, estaría preparando deliciosos bocados para la hora del té.
Ben trabajó frenéticamente hasta las cuatro de la tarde, luego e acercó a Pat quien cepilló a Lita hasta dejarle el cuero lustroso.
En seguida el muchacho se hizo cargo del animal y con todo cuidado lo condujo hasta la cochera donde tuvo la satisfacción de colocarle los arneses "él solo".
-¿Doy la vuelta y la espero junto al portón, señorita? -preguntó Ben una vez que todo estuvo preparado mirando en dirección al "porch" desde donde la joven dama lo contemplaba mientras se colocaba los guantes.
-No, Ben. El gran portón no se abrirá hasta octubre. Yo entraré y saldré por la puerta pequeña y dejaremos que sólo el césped y las flores recorran la avenida principal -contestó la señorita Celia al mismo tiempo que, muy sonriente, subía al coche y tomaba las riendas.
Pero no partió, ni aún después que Ben sacudió el nuevo rebenque que luego dejó delicadamente sobre las rodillas de la dama.
-¿No está todo en orden? -preguntó el niño ansiosamente.
-No todo. Falta algo. ¿No te das cuenta?
La señorita Celia observó el rostro preocupado del muchacho, cuyos ojos iban desde la punta de las orejas de Lita hasta las ruedas traseras del faetón tratando de descubrir lo que faltaba.
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