Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.43
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-Yo pasé el rastrillo a los canteros -dijo Ben mirando con orgullo los perfectos óvalos y círculos de tierra.
-Yo barrí todos los senderos -agregó Bab al mismo tiempo que observaba con disgusto algunas hojas de trébol que del manojo de alfalfa habían caído sobre el sendero.
-Yo limpié el "porch"-. Y el delantal de Betty se infló y desinfló a consecuencia del profundo suspiro que emitió la niña al echar una mirada a lo que había sido la residencia veraniega de su pobre familia exilada.
La señorita Celia comprendió el sentido de ese melancólico suspiro, y se apresuró a trocarlo en una alegre sonrisa preguntando rápidamente:
-¿Qué se ha hecho de vuestros juguetes? No los veo por ninguna parte ...
-Mamá dijo que a usted le desagradaría ver nuestras cosas dando vueltas por aquí, por eso las guardamos en casa -contestó Betty con expresión apenada.
-Pues a mí me gusta ver juguetes desparramados por el jardín. Siempre he querido a las muñecas y echo de menos no verlas en el "porch" o caídas en el sendero. ¿Por qué no vienen a tomar el té conmigo esta tarde y traen, algunas? Me apenaría mucho privarlas del sitio donde acostumbraban venir a jugar.
-¡Nosotras vendremos, ´sin duda alguna!... Y traeremos nuestros más hermosos juguetes.
-Mamá nos deja llevar el juego de té y el perro de porcelana cuando vamos a jugar con alguien -dijeron Bab y Betty casi al mismo tiempo.
-Traigan todo lo que quieran; yo buscaré mis antiguos juguetes. Ben vendrá también y a su perro lo invitamos especialmente -agregó la señorita Celia al ver a Sancho que se acercaba a ella suplicante, como si sospechara que estaban tratando un agradable proyecto.
-Gracias, señorita. Yo les dije a las niñas que a usted le gustaría que la visitásemos de vez en cuando. Ellas adoran este lugar y yo también -dijo Ben, pensando que pocos sitios ofrecían la ventaja de reunir árboles por los que se pudiera trepar, un portón con arcada, un largo muro y muchas otras maravillas, especiales para un muchacho que, desde los siete años, ha desempeñado el papel de Cupido volador.
-Y yo -agregó con calor la señorita Celia-. Hace diez años, cuando era apenas una niña, llegué aquí; bajo esos mismos árboles tejí guirnaldas de lilas, junté pajitas para los pajaritos y por estos senderos paseé al pequeño Thorny en su cochecito.
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