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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.42

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Después trajeron los animales, y éstos causaron un gran revuelo en el vecindario; pues los pavos reales eran desconocidos allí, el burro con sus rebuznos inquieto a los demás animales y despertó la hilaridad de la gente, los conejos se escapaban continuamente de sus cuevas, construidas en el jardín y Chevalita escandalizo al viejo Duke con sus paseos por el establo del que éste había sido único morador durante muchos años.
Finalmente, llegaron la señorita Celia, su joven hermano y dos criadas, pero era ya tan tarde, que solo la señora Moss acudió para ayudarlos a instalarse. Los niños se consideraron defraudados, pero los conformaron asegurándoles que irían por la mañana a saludar a los recién llegados.
Se levantaron muy temprano, pero tanta impaciencia tenían, que la señora Moss los dejó salir aunque advirtiéndoles que solo hallarían levantadas a las criadas. Se equivocaba, sin embargo, pues cuando la procesión se acercaba a la casa, una voz les gritó
-¡Buenos días, pequeños vecinos!...
Y el saludo llegó tan inesperadamente, que Bab estuvo a punto de derramar la leche, Betty dio un respingo tal que los huevos acabados de recoger casi se le caen del plato donde los tenía en tanto que la cara de Ben, que asomaba sobre el atado de alfalfa que llevaba para los conejos, se iluminaba con una amplia sonrisa, y, al mismo tiempo que saludaba con la cabeza, el niño dijo alegremente:
-Lita está muy bien, señorita; se la traeré en cuanto usted quiera.
-La necesitaré a las cuatro de la tarde. Thorny no podrá viajar, pues está muy cansado, pero yo necesito ir al correo caigan rayos o centellas-. Y mientras así hablaba, las mejillas de la señorita Celia se colorearon de rubor provocado, tal vez, por un pensamiento feliz, tal vez, por la turbación que le produjera la mirada de aquellos sinceros ojos juveniles que sin reparo mostraban su admiración por la dama vestida de blanco que se hallaba de pie bajo las madreselvas.
La aparición de Miranda, la criada, les recordó el motivo de su visita, y después de ofrecer sus presentes con gran confusión se disponían a partir cuando los detuvo la amable voz de la señorita Celia.
-Quiero agradecerles la ayuda que han prestado poniendo todo en orden. He visto rastros de manos hacendosas y de pies ligeros por la casa y el jardín.


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