Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.39
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Pero la señorita Celia no había olvidado a su pequeño guía y descubriendo una carita contrita tras la pila de leños, se detuvo en el portón e hizo un gesto que acompaño con su más encantadora sonrisa. Si en aquel instante Pat se le hubiera cruzado por el camino, lo habría derribado Ben, quien, saltando la cerca, corrió con el rostro radiante deseando que ella le pidiera un último favor. Inclinándose la señorita Celia deslizo una moneda en la mano del muchacho al mismo tiempo que decía:
-Lita quiere que te dé esto por haberle sacado la piedra de la p ta.
-Gracias, señorita. Lo hice con gusto. Me duele ver que los animales sufran, especialmente cuando son tan lindos como esta yegua -contestó Ben acariciando con amor el cuello lustroso.
-Dice el alcalde que conoces mucho a los caballos, de modo que supongo conocerás su lenguaje. Es muy hermoso yo lo estoy aprendiendo -rió la señorita Celia. Chevalita relincho suavemente y metió el hocico en uno de los bolsillos de Ben.
-No, señorita. Yo, no he ido al colegio.
-No es allí donde se enseña. Cuando regrese por aquí te traeré un libro para que lo aprendas. Gulliver fue al país de los caballos y allí los oyó hablar en su propia lengua.
-Mi padre ha estado en las praderas donde hay cientos de potros salvajes, pero nunca los oyó hablar. Sin embargo, aunque no hablen, yo sé lo que quieren -contestó Ben sospechando que era objeto de una broma más sin llegar a descubrirla.
-No lo dudo. No obstante, no olvidaré el libro. Adiós, amigo, pronto volveremos a yernos -y la señorita Celia se alejo velozmente como si le corriera mucha prisa.
-Si tuviera un vestido rojo y una pluma blanca sería tan bonita como Melia. Es tan buena y monta tan bien como ella. ¿Adonde irá? ¡Ojalá vuelva pronto!... -pensó Ben que no aparto la mirada hasta que la última onda del vestido azul se perdió en un recodo del camino. Entonces regreso a sus quehaceres sin apartar la cabeza del libro prometido, deteniéndose de tanto en tanto para hacer sonar las dos monedas de plata que ya tenía junto con la nueva y pensando qué podría comprar con una suma tan enorme.
Entretanto, Bab y Betty habían tenido un día muy agitado: cuando al mediodía regresaron a su casa, encontraron allí a la hermosa dama, quien les hablo como si fuese una vieja amiga.
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