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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.36

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a menos que éste fuese de su gusto; en ese caso era capaz de trabajar como un castor sin cansarse nunca. Su vida errante no le había permitido adquirir hábitos de disciplina, y no obstante ser un niño excepcionalmente dotado para sus años, le gustaba demasiado vagar y gozar de-una vida variada e interesante.
Pero en aquellos momentos sólo veía delante de él días de trabajo paciente y aburridor. Estaba harto de trabajar en la huerta: hasta la tarea de ensillar a Dulce frente a su amo había perdido su interés y sabía que muy pronto tendría que apilar en el cobertizo los leños que estaban desparramados en el patio. Inmediatamente después de plantar espárragos tendría que recoger las frutillas; luego habría que seriar el heno, v así transcurriría todo el verano, sin diversiones, hasta que su padre fuera a buscarlo.
Sin embargo, no estaba obligado a quedarse contra su voluntad. Con ropa nueva, un dólar en el bolsillo, las canastas con las viandas colgadas en la despensa del colegio adonde podría ir en busca de provisiones si se atrevía, ¿qué cosa más fácil que escapar otra vez? Cuando hacía buen tiempo vagar sin rumbo fijo tenía sus encantos y Ben había vivido durante muchos años bajo las carpas como un gitano. No tenía miedo a nada, y empezó a mirar los caminos cubiertos de hojas con expresión ansiosa e inquieta a medida que la tentación de partir se hacía cada vez más fuerte.
Sancho daba muestras de compartir esa inquietud porque ladraba, saltaba y corría un trecho: luego regresaba y se sentaba a los pies de su amo` a quien miraba con ojos inteligentes que parecían decir: "Vamos, Ben, escapemos por ese alegre camino para no detenernos hasta que nos rinda el cansancio". Pasaban las golondrinas, blancas nubes volaban conducidas por el fragante viento del oeste, una ardilla corrió a lo largo del muro, todo respondía al deseo del niño de tirar la carga y correr libre como ellos. Una cosa lo detenía: la idea de que la señora Moss lo considerara un ingrato y que las niñas sufrieran al perder a sus dos nuevos compañeros de juego. Mientras así pensaba, algo sucedió que impidió que hiciera aquello de lo cual se habría arrepentido, sin duda, más adelante.
Los caballos habían sido siempre sus mejores amigos, y uno de ellos llego trotando a prestarle un servicio; mas él no lo supo hasta mucho tiempo después.


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