Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.30
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-Les preguntaré a las niñas. Puede ser que ellas sepan lo que esto significa -dijo Ben, y luego de buscar en vano otras hojas siguió su camino escuchando con alegría el canto de las aves, gozando del calor del sol y tan agradable era la sensación de paz y seguridad que experimentaba, que se puso a silbar jubilosamente como si fuera un mirlo.
CAPÍTULO 6
ESA noche, después de comer, Bah y Betty se sentaron en el viejo "porch" a conversar con- Josephus y Belinda sobre los acontecimientos del día. La aparición del muchacho y su perro había sido el suceso más extraordinario de sus vidas. No veían al niño desde la mañana, pues éste había almorzado en casa del alcalde y estaba trabajando con Pat en el campo cuando ellas regresaron. Sancho no se había apartado de su amo, y asombrado del nuevo piro que tomaban los acontecimientos cuidaba de que nada malo fuera a ocurrirle a Ben.
-Es hora de que regresen. El sol se ha puesto ya y oigo a las vacas que mugen en el corral -dijo Betty impaciente, pues ella consideraba al recién llegado como si fuese un libro muy interesante cuya lectura deseaba proseguir lo más rápidamente posible.
-Voy a aprender las señas que le hace a Sancho cuando quiere ordenarle que baile, así podremos divertirnos con él las veces que lo deseemos. ¡Es el perro más simpático que he visto en mi vida!... -comentó Bab, quien tenía más afecto a los animales qué a su hermana.
-Dijo mamá... Pero, ¿que es eso? -se interrumpió Betty con un repentino sobresalto. Algo había golpeado por fuera del portón. En seguida, en lo alto, apareció la cabeza de Ben y su cuerpo se balanceó colgado del arco de hierro en lugar del farol de luz.
-¡Por favor, señores, ocupen sus localidades!... ¡Por favor, sus localidades!... La función va a comenzar con el número del Cupido Volador, el número con el cual el señor Bloomshury se ha presentado ante las principales coronas de Europa. ¡Reconocido por todos los críticos como el niño prodigio y la maravilla del siglo!... ¡Atención, aquí está!
Después de repetir el elegante y conocido discurso del señor Smither, Ben comenzó a dar tales volteretas en el aire que hasta un grupo de serias gallinas que descendían por la calle e iban a dormir, se detuvieron admiradas e imaginaron sin duda que alguien habría echado sal sobre aquel muchacho para que se sacudiese de esa manera.
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