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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.27

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-No, señor. Lo único que he hecho ha sido comerlas...
-Humm... También hay que saber hacer esa parte del trabajo. ¿Puedes conducir al caballo que arrastra el arado?
-¡Eso sí, señor! -y los ojos de Ben se encendieron de alegría. Quería mucho a esos nobles animales, los cuales, en los últimos tiempos, habían sido sus más leales camaradas.
-Pero no se permite ninguna clase de bromas. Mi caballo es un animal muy delicado y yo le tengo mucho afecto.
El alcalde habló muy seriamente, mas en sus ojos brillaba una luz de picardía. La señora Moss por su parte procuraba disimular una sonrisa; porque el caballo del alcalde era el hazmerreír de toda la ciudad, tenía más de veinte años y un paso muy característico: levantaba las patas delanteras como si fuese a emprender una veloz carrera, pero luego no pasaba de un lento trote. Los muchachos decían que galopaba hacia adelante y luego retrocedía y se reían del gran animal de nariz roma el cual, sin embargo, no permitía que se tomaran ninguna libertad con él.
-¡Quiero mucho a los caballos para hacerles daño, señor! Y en cuanto a montarlo, me atrevo a hacerlo sobre cualquier bicho de cuatro patas. El Rey de Morocco daba coces y mordía como si fuese una fiera, pero yo lograba dominarlo con bastante facilidad.
-Tal vez puedas entonces llevar las vacas a pacer al campo...
-He conducido elefantes y camellos, avestruces y osos pardos, mulas y seis ponnies. Si me empeño quizá pueda cuidar vacas... -contestó Ben tratando de mostrarse humilde y respetuoso aunque le ofendía terriblemente que pusieran en duda su capacidad para cuidar vacas.
Al alcalde le agradó la mezcla de indignación y picardía que asomaba a los ojos del muchacho y la sonrisa socarrona que jugueteaba en sus labios.
Divertido por la lista de animales que enumeraba Ben, manifestó con gravedad:
-Por estos alrededores no criamos elefantes ni camellos. Hubo osos, pero la gente se cansó de ellos. Abundan las mulas, mas sólo las de la especie de dos patas, y en general preferimos las gallinas a los avestruces.
No pudo continuar porque Ben lo interrumpió con una alegre carcajada a la que ellos se unieron; y la risa los hizo ponerse de acuerdo mejor que las palabras. Tratando de recuperar la seriedad el señor alcalde dio unos golpecitos en la ventana que estaba tras de él y dijo:


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