Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.25
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-¡Jamás he visto sitio más hermoso! Sólo se necesitaría un caballo que anduviera dando vueltas por aquí para que el cuadro fuese completo -contestó Ben al mismo tiempo que tiraba de la larga soga que subía el balde lleno de agua.
-El juez tiene tres, pero los cuida tanto que ni siquiera nos deja acercarnos a ellos y arrancarles tres pelos de la cola para hacer anillos -se quejó Betty cerrando su libro de aritmética.
-Cuando el juez no está en casa y Mike los lleva al bebedero, me deja a menudo montar el caballo blanco. ¡Es tan divertido pasearse sentada sobre su lomo, bajar hasta el valle y luego regresar!... ¡Yo adoro a los caballos!... -exclamó Bab saltando en el banco tratando de imitar los movimientos de Jenny, la yegua blanca.
-Me parece que eres una niña muy valiente.-Y Ben dirigió a Bab una mirada de aprobación al pasar a su lado sin olvidarse por eso de salpicar con agua a la señora Puss que arqueó el lomo y mostró las uñas al ver a Sancho.
-¡Al tomar el desayuno!... -llamó la señora Moss; y por espacio de veinte minutos poco se dijo, pero en cambio el cereal y la leche desaparecieron con tal rapidez que hasta Jack el gigante, de la bolsa de cuero, se habría asombrado de ello.
-Ahora, niñas, a volar a hacer vuestros quehaceres. Tú, Ben, ve y corta un poco de leña; yo arreglaré la casa. Luego saldremos todos juntos -dijo la señora Moss al mismo tiempo que se esfumaba el último bocado y Sancho se relamía los bigotes saboreando las migad que de su parte se le habían caído.
Ben se puso a cortar leña con tanto entusiasmo que las astillas volaban a su alrededor y cubrían el piso de la leñera; Bab acomodaba con peligrosa rapidez las tazas sobre una bandeja y Betty barría levantando una nube de polvo en tanto que la madre parecía estar en todas partes a la vez. Hasta Sancho que comprendía que su destino se hallaba unido al de esta gente procuraba ayudar a su modo: ora brincaba alrededor de Ben a riesgo de que le cortaran la cola, ora corriendo a meter la nariz por los armarios y habitaciones que la señora Moss abría y cerraba en sus rápidas evoluciones por toda la casa, ora arrastrando el felpudo para que Betty lo cepillase o, parado sobre las patas traseras, inspeccionando los platos que lavaba Bab.
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