Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.24
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Un ruido que provenía del piso de abajo obligó a ambos a salir de un brinco de la cama, y diez minutos después un muchacho de rostro sonriente y un perro juguetón descendieron corriendo la escalera. El primero saludo con un:
-¡Buen día, señora!...-Y el segundo agitó alegremente la cola al olor del jamón que se freía en la hornalla y por el cual era particularmente afecto.
-¿Dormiste bien? -preguntó la señora Moss, dándole la bienvenida tenedor en mano.
-¡Ya lo creo!... Jamás dormí en una cama mejor. Estaba acostumbrado a dormir sobre un colchón de heno y a cubrirme con la manta de los caballos, y últimamente, ni siquiera eso tenía: el cielo era mi único techo y la tierra mi mullida cama -bromeó Ben riéndose de las penurias pasadas y agradecido de las comodidades que le brindaban.
-El heno no es lecho malo para los huesos jóvenes, aunque a éstos los cubra tan poca carne como a los tuyos -comentó la señora Moss dándole un cariñoso golpecito en la cabeza al pasar a su lado.
-En nuestra profesión no se tolera la gordura. Cuanto más delgado más ágil para bailar sobre la cuerda floja o saltar en los trapecios. Músculo es lo que se necesita, y ahí lo tiene usted...
Ben estiró su bracito delgado como un alambre, el puño cerrado con la actitud de un joven Hércules dispuesto a jugar a la pelota con la cocina si le daban permiso para ello. Contenta de verlo de tan buen humor la señora señaló el pozo que estaba afuera y dijo amablemente:
-Bien, prueba tus músculos trayendo agua fresca.
Ben buscó el balde y corrió decidido a ser útil: y mientras aguardaba que el balde se llenara miró a su alrededor y se sintió complacido por todo lo que viera: la pequeña casita rojiza con un penacho de humo que salía por la chimenea, las dos hermanitas sentadas al sol, las verdes colinas, por aquí y por allá, campos recién sembrados, un arroyuelo que atravesaba saltando la huerta, pájaros que cantaban en la avenida de los olmos y toda la tierra cubierta de ese hermoso color verde que sólo se ve a principios del verano.
-¿No te parece esto muy bonito? -preguntó Bab cuando la mirada del niño, después de su prolongado recorrido en que pareció querer abarcarlo todo se detuvo sobre ella.
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