Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.23
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.. -respondió Ben entusiasmado. Él veía un hogar en aquella casa, y la señora Moss le parecía casi tan buena y maternal como la señora Smithers.
-Bien... Mañana iré a visitar al alcalde para consultar su parecer. No sería extraño que te tomara para que cuidaras su establo, si eres tan listo como aseguras. Durante el verano emplea siempre un peón, y aún no he visto ninguno por allí. ¿Podrías cuidar vacas?
-¡Ya lo creo!... -y Ben se encogió de hombros como si considerase ridículo que le hiciesen esa pregunta a él que había conducido a cuatro "ponnies" que arrastraban una carroza dorada.
-No será un trabajo tan interesante como el de montar elefantes o jugar con osos, pero será una tarea honrada y te resultará más agradable azotar a Brindle y a Butter que recibir tú los azotes -declaró la señora Moss acercando al niño su rostro sonriente.
-¡Oh, sí!... -murmuró Ben con súbita humildad al recordar los malos tratos de que fuera víctima y que le obligaran a huir.
Poco después le enviaron a dormir a una pequeña pieza, y a Sancho junto con él para que lo cuidara. A ambos les resultó difícil conciliar el sueño debido al ruido que hacían las niñas en el piso superior. Bab insistía en que era un oso y que iba a devorar a la pobre Betty a despecho de los lamentos de ésta. Pero la madre pronto puso fin al alboroto amenazando enviar lejos a Ben y a su perro si no se quedan quietas como dos gatitos.
Ellas prometieron obedecer y casi en seguida estaban soñando con carrozas doradas y grandes carruajes, con muchachos fugitivos, cestas que desaparecían, perros danzarines y tazas voladoras.
CAPÍTULO 5
AL despuntar el día siguiente, Ben miro a su alrededor medio desorientado. No vio ni la carpa de lona, ni descubrió encima de su cabeza el techo de un granero o el azul del cielo, sino que diviso un blanco cielo raso donde se posaban un grupo de moscas muy sociables. Del exterior llegaban a sus oídos el cacareo de las gallinas y el sonido de dos vocecitas que repetían a coro la tabla de multiplicar en lugar de aquellos otros ruidos que estaba acostumbrado a escuchar: coces de caballos, piar de pájaros, el rugido de los animales salvajes.
Sancho, sentado frente a la ventana abierta observaba como la vieja gata se lavaba la cara y trataba de imitarla, mas con tal torpeza, que Ben se echó a reír y Sancho, para ocultar su confusión saltó de la silla a la cama y comenzó a lamer el rostro de su amo tan enérgicamente que el muchacho se escondió bajo las sábanas para escapar a su cariñosa lengua.
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