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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.21

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-Pues bien, papá se peleó con el viejo Smithers y partió de improviso el otoño pasado, al finalizar la temporada. Me dijo que iba a trabajar en una gran escuela de equitación de Nueva York y que, cuando lograra asegurar su posición, enviaría por mí. Yo tuve que quedarme en el circo y ayudar a Buck en sus exhibiciones de prestidigitación. Era éste un hombre bueno, yo le quería, Melia iba a verme a menudo y durante el primer tiempo no extrañé nada. Pero papá no me mandaba a buscar y entonces comencé a soportar malos tratos. Si no hubiera sido por Melia y Sancho mucho antes me habría escapado ...
-¿Qué te obligaban a hacer?
-Una infinidad de cosas, pues los tiempos eran difíciles y yo demostraba ser un muchacho listo. Así pensaba Smithers y yo tenía que obedecer sus órdenes sin chistar. A mí no me importaba ayudar en los números de prestidigitación o hacer exhibiciones con Sancho, pues papa- lo había amaestrado y él estaba acostumbrado a actuar conmigo. Pero querían obligarme a beber gin para que me conservara pequeño y yo me negaba, pues sabía que a papa- no le gustaban esas cosas. Solía viajar encaramado al carro ma-s alto y eso me agradó, hasta que me caí y me lastimé la espalda. Después, aunque sufría horriblemente y me mareaba tuve que continuar haciéndolo.
=¡Qué hombre bruto debía ser el dueño del circo!... Y Melia, ¿por qué no puso fin a tus sufrimientos? -preguntó la señora indignada.
-Ella había muerto, señora. Ya no me quedaba nadie más que Sancho. Fue entonces cuando decidí huir.
Tornó Ben a acariciar a su perro tratando de ocultar las la-grimas que se le escaparon al recordar a su difunta amiga.
-¿Qué pensabas hacer?
-Encontrar a papá-. Pero no lo hallé. No estaba en la escuela de equitación y allí me dijeron que se había ido al Oeste a comprar potros salvajes para un señor que quería una tropilla. Entonces me encontré desorientado sin saber a dónde ir ya que ignoraba el paradero de mi padre y no quería regresar al circo donde volverían a maltratarme. Procuré ingresar a la escuela de equitación, mas allí no querían niños. Tuve, pues, que continuar mi peregrinación en busca de trabajo y si no hubiera sido por Sancho me habría muerto de hambre. Al huir lo había dejado atado, pues no quería que dijeran, si me lo llevaba conmigo, que lo había robado.


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