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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.20

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Pero eso no me gustaba; el globo eta muy alto y se sacudía mucho, el sol demasiado fuerte, los a-rboles me golpeaban el rostro y las piernas me dolían de tenerlas recogidas.
-¿Quiénes eran Hannibal y Nero? -preguntó Betty.
-Los grandes elefantes. Papa-no permitía que me sentaran allí arriba y no se atrevieron a hacerlo hasta después que él se hubo marchado. Entonces tuve que obedecer, si no me castigaban.
-¿Nadie te defendía? -interrogó la señora Moss.
-Sí, señora; casi todas las mujeres me protegían. Eran muy buenas conmigo,especialmente Melia. Ésta juró que no saldría a escena si me golpeaban, porque yo me negaba a ayudar al viejo Buck a cuidar los osos. De modo que tuvieron que dejarme tranquilo porque entre las mujeres no había quien pudiese reemplazar a Melia.
-¿Tenían osos? ¡Oh!, ¡cuéntanos, cuéntanos qué hacían! -exclamó Bab alborozada. Ella tenía pasión por los animales.
-Buck era dueño de cinco osos -malos bichos- y los exhibía. Por divertirme me puse a jugar con ellos en cierta_ ocasión y a Buck se le ocurrió que sería toda una sensación que yo los pre-sentara ante el público. Pero los osos muerden y arañan, cosa nada agradable, y uno no puede saber nunca cua-ndo esta-n de buen humor o cua-ndo tienen ganas de arrancarle la cabeza de un mordisco. Por esa razón Buck tenía el cuerpo cubierto de cicatrices y yo no quería que a mí me ocurriera lo mismo. Y me libré gracias a la intervención de la señorita St. John quien se puso de mi parte.
-¿Quién era la señorita St. John? -preguntó la señora algo confundida al oír constantemente nombres nuevos.
-La señorita Melia... La señora de Smithers... La esposa del dueño del circo. Ésta ya no usaba su nombre, Montgomery, ni el verdadero apellido de ella que era St. John. Todos se cambian el nombre por alguno que produzca más efecto en los carteles. Papá se hacía llamar José Montebello y yo Adolphus Bloomsbury en cuanto dejé de ser Cupido y el niño Prodigio.
Soltando la risa, la señora Moss se echó hacia atrás ante el asombro de las niñas que habían quedado muy impresionadas por la elegancia de aquellos nombres.
-Prosigue tu historia, Ben, y dinos por qué huiste y qué se hizo de tu papá -dijo la dama recobrando la seriedad y verdaderamente interesada por la suerte del niño.


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