Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.19
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-Mi padre era "el feroz jinete de los llanos". ¿Nunca oyeron hablar de él? -inquirió Ben extrañado de que no lo conocieran.
-¡Dios mío, hijito!... Hace diez años que no voy a un circo y te aseguro que ya no recuerdo lo que viera entonces -replicó la señora Moss divertida y también enternecida por la evidente admiración que demostraba el hijo por su padre.
-¿Ustedes tampoco lo conocen? -interrogó volviéndose hacia las niñas.
-Nosotras vimos varios indios, acróbatas, a los saltimbanquis de Borneo; vimos un payaso, monos y un asno enano de ojos azules. ¿Era tu padre alguno de ésos? -dijo Betty inocentemente.
-¡Uf!... Mi padre no alternó nunca con esa clase de gente. Guiaba dos, cuatro, seis, ocho caballos a la vez y mientras fui pequeño yo le acompañaba. Era el primer domador de caballos -explicó Ben con tanto orgullo corno si su padre hubiese sido el mismísimo presidente de la república.
-¿Murió tu papá? -indagó la señora Moss.
-Lo ignoro y eso es lo que quiero saber. -Y el pobre Ben carraspeó para disimular un sollozo que estaba a punto de sofocarlo.
-Cuéntanos qué pasó, querido, y quizás entre todos podamos descubrir el paradero de tu papá -dijo la señora Moss inclinándose para acariciar la negra cabecita doblada sobre la del perro.
-Así lo haré, señora...-Haciendo un esfuerzo compuso la voz y prosiguió la historia.
-Papá fue siempre muy bueno conmigo y a mí me gusto ir a vivir con el después que abuelita murió. Estuve con ella hasta que cumplí siete años; luego papá me llevó consigo y me enseñó a montar. Hubieran tenido que verme entonces todo vestido de blanco, con un cinturón dorado, subido sobre las hombros de papá o colgado de la cola del viejo General que galopaba veloz mente o bien, siempre conmigo sobre los hombros papá conducía dos o tres caballas mientras yo agitaba unas banderas y la gente aplaudía delirante de entusiasmo.
-¡Oh!... ¿No te morías de miedo? -preguntó Betty temblando de sólo pensar en aquello.
-¡Qué esperanza!... ¡A mí me gustaba hacerlo!
-También a mí me hubiera gustado... -exclamó Bab entusiasmada.
-Luego aprendí a conducir los cuatro "ponnies" que tiraban de una pequeña carroza cuando desfilábamos -continuó Ben -o me sentaba sobre el gran globo que llevaba en el techo el gran carro arrastrado por Hannibal y Nero.
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