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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.18

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-Óyeme, muchacho, es mejor que cuentes tu historia completa, sin ocultar nada, de lo contrario tendré que enviarte a casa del juez Morris. No me gustara hacer eso, porque el señor Morris es un hombre un poco duro. Si tú no has hecho nada malo no tienes por qué temer que conozcan tu historia. Yo haré cuanto pueda por ti -aseguró la señora con seriedad al mismo tiempo que se sentaba en el sillón de hamaca como un juez que se dispone a escuchar una declaración.
-¡Yo no he hecho nada malo! ¡No tengo miedo, sólo que no deseo regresar, y si digo de dónde vengo, usted es capaz de hacerles saber que estoy aquí!... -murmuró Ben, atribulado por su deseo de confiarse a su nueva amiga y el temor de tener que volver junto a sus viejos enemigos.
-Si ellos te maltrataron yo nunca les haré saber dónde estás. Cuéntame la verdad que yo te protegeré. ¡Niñas!, vayan ustedes a buscar la leche.
-¡Oh, mamá!, ¡deja que nos quedemos aquí!... ¡Nosotras no contaremos ni una sola palabra!... ¡Lo prometemos! ¡Lo prometemos!... -gritaron Bab y Betty consternadas ante la idea de tener que alejarse precisamente en el instante en que iban a poder conocer un importante secreto.
-Por mí pueden quedarse -manifestó Ben, gentilmente.
-Muy bien. Quedaos entonces, quietas y calladas. Y ahora, muchacho, dime: ¿¿de dónde vienes? -preguntó la señora Moss mientras las pequeñas se ubicaban con toda rapidez frente a su madre, en el banco que era propiedad de ellas, llenas de curiosidad y satisfechas de poder enterarse de algo interesante.
CAPÍTULO 4

-Me escapé de un circo -comenzó Ben, pero no pudo continuar, porque las niñas, dando un salto gritaron a un mismo tiempo llenas de entusiasmo
-¡Nosotras estuvimos en uno cierta vez!... ¡Qué hermosos son los circos!...
-No pensarían así si los conocieran tan bien como yo -exclamó Ben frunciendo el ceño y encogiéndose corno si aún sintiera sobre sus espaldas los golpes recibidos.
-Nosotros no los consideramos hermosos, ¿verdad, Sancho? -agregó produciendo un ruido extraño que hizo que el perro comenzara a gemir y a golpear el suelo con la cola mientras se pegaba a los pies de su amo como si quisiese hacerse amigo de los nuevos zapatos de éste.
-¿Cómo fuiste a parar allí? -preguntó la señora Moss asombrada e inquieta.


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