Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.16
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Un hermoso fuego brillaba en la cocina bajo la escudilla de saldo y la pava con agua, y Betty, cuya mejilla mostraba una gran mancha de tizne, agregaba más leños, mientras Bab cortaba gruesas tajadas de pan con tal entusiasmo que ponía en peligro sus deditos. Antes de que Ben advirtiera dónde estaba, se hallaba ya sentado en la vieja silla de hamaca devorando los trozos de pan con manteca como sólo puede hacerlo un muchacho muerto de hambre.
Y Sancho, a sus pies, roía un hueso como si fuera un lobo con piel de cordero.
Mientras los recién llegados se dedicaban a tan grata tarea, la señora Moss hizo salir a las niñas de la cocina y les lió las siguientes órdenes:
-Bab, corre hasta la casa de la señora Barton y pídele alguna ropa vieja de Billy que él ya no use. Tú Betty, irás a casa de los Cutters y les dirás a la señorita Clarindy que te dé un par de camisas de esas que cosimos los otros días. Un par de zapatos, sombrero, medias, cualquier cosa le vendrá bien a este pobrecito que no tiene más que hilachas sobre el cuerpo.
Partieron las niñas ansiosas por poder vestir a su recogido, y tan bien abogaron por él entre los buenos vecinos que Ben apenas se reconoció cuando hora y media más tarde salió del dormitorio vestido con un descolorido traje de franela de Billy Barton, una camisa de algodón que regalaran los Dorcas y calzado con un par de zapatos viejos de Milly Cutters.
También Sancho estaba más presentable, pues luego que su amo se hubo dado un baño caliente, se dedicó a lavar a su perro mientras la señora Moss daba algunas puntadas a la nueva ropa vieja. Y cuando Sancho reapareció, se parecía más que antes al perrito que estaba sobre la chimenea. El pelo bien cepillado era blanco como la nieve, y el animal movía orgullosamente el gracioso pompón de la cola.
Sintiéndose respetables y presentables, los dos vagabundos aparecieron y fueron recibidos con sonrisas de aprobación por parte de las niñas en tanto que la señora, con maternal sonrisa, los acomodaba junto a la estufa, pues ambos estaban aún húmedos después de la prolija limpieza. -Confieso que no los habría reconocido -exclamó la buena mujer observando satisfecha al muchacho; pues aunque el niño estaba muy delgado y pálido, tenía un aspecto agradable y el traje, no obstante ser holgado, le sentaba bien.
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