Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.13
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Estoy acostumbrado a cuidar caballos…
-¡Dios bendito!... ¿Una criatura tan pequeña como tú?...
-¡Tengo doce años, señora, y puedo montar cualquier animal de cuatro patas!... -
manifestó el muchacho con un gesto de orgullosa seguridad.
-¿No tienes familia? -preguntó la señora Moss divertida, pero también apenada al contemplar aquella tostada carita delgada, de ojos hundidos por el hambre y los sufrimientos, y la harapienta figura que se apoyaba en una de las ruedas del coche como si careciera de fuerzas para mantenerse de pie.
-No, señora; no tengo a nadie, y la gente con quien vivía me castigaba tanto que... me escapé -respondió con decisión el pequeño.
Las últimas palabras pareció haberlas pronunciado muy a pesar suyo, como si no hubiera podido resistir a la simpatía de la mujer que sin darse cuenta iba ganando su confianza.
-Entonces no te haré ningún reproche. Pero, ¿cómo viniste a parar aquí?
-Estaba tan cansado que no pude proseguir mi camino, y se me ocurrió que la gente de la casa grande podría darme algún trabajo. Pero el portón estaba cerrado y yo me hallaba tan desesperado que me dejé caer por allí afuera sin pensar en nada más.
-¡Pobrecito, me imagino tu estado!... -murmuró la señora, mientras las niñas contemplaban al muchacho profundamente interesadas-al oírle mencionar el portón de ellas.
El niño suspiró profundamente y sus ojos brillaron en tanto que proseguía su relato; por su parte el perro paró las orejas cuando oyó que lo mencionaban.
-Mientras descansaba oí que que alguien entraba, me asomé y vi a estas dos niñas jugando. Confieso que deseé las cosas que ellas traían, pero yo no toqué nada; fue Sancho el que me trajo la torta.
Bab y Betty dieron. un respingo y miraron con expresión de reproche al lanudo
animal el cual entrecerró los ojos con gesto humilde pero lleno de picardía. -¿Y tú se la hiciste devolver? -indagó Bab. -Sí. -¿Y fuiste tú quien estornudó? -agregó Betty. -Sí.
-¿Y luego dejaste las rosas? -gritaron ambas.
-Sí; y a ustedes les, gustaron, ¿verdad?
-Pues, ¡es claro que sí! ... Pero, ¿por qué te escondiste? -inquirió Bab.
-No podía presentarme con esta facha -murmuró Ben, mirando sus andrajos con ganas de desaparecer en las profundidades del coche.
-¿Cómo entraste aquí? -preguntó la señora Moss, recordando de pronto su responsabilidad.
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