Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.12
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La perspectiva de tan extraordinaria excursión calmó el desconsuelo de las pequeñas, y para allá salieron saltando alegremente por el arenoso sendero mientras la señora Moss las seguía recogiéndose la falda con una mano y llevando en la otra un gran manojo de llaves. Ellas vivían en el pabellón de entrada, y la señora tenía a su cargo el cuidado de la casa grande.
La puerta pequeña de la cochera estaba cerrada por dentro, pero la principal tenía un candado que fue abierto rápidamente para permitir que las niñas entraran. Tal era la curiosidad y ansiedad que las embargaba, que ni siquiera atinaron a lanzar una exclamación cuando se encontraron dueñas del viejo coche que tanto habían deseado. El carruaje se hallaba polvoriento y mohoso, pero tenía un asiento alto, una puertecilla, una escalerilla y varios detalles más que a los ojos de las niñas superaban todas las maravillas imaginables.
Bah se dirigió derecho al pescante y Betty a la portezuela, pero ambas descendieron más rápido de lo que habían subido al oír un ladrido que salía del interior del coche y una voz muy baja que decía:
-¡Quieto, Sancho!... ¡Quieto!...
-¿Quien está allí? -preguntó la señora Moss con acento autoritario mientras retrocedía en dirección a la puerta con ambas niñas colgadas de sus faldas.
Una cabeza blanca, lanuda y bien conocida apareció por la ventanilla rota y emitiendo un suave quejido pareció decir:
"No se alarmen, señoras; no les liaremos daño".
-¡Sal en seguida si no quieres que vaya a buscarte!... -ordenó la señora Moss súbitamente envalentonada al ver que por debajo del coche asomaba un par de pequeños zapatos polvorientos.
-Sí, señora. saldré tan pronto como pueda... -respondió una voz, humildemente, cuyo dueño resultó ser un atado de ha. rapos que surgió de la oscuridad seguido del perro, el cual se sentó a los pies de su am,, en actitud vigilante como si quisiera decir que saltaría sobre cualquiera que osase acercarse demasiado.
-¿Me dirás quien eres y cómo llegaste hasta aquí? -inquirió la señora Moss procurando hablar con severidad, aunque su mirada reflejaba una gran piedad al posarse en la triste figura que tenía delante de sí.
CAPÍTULO 3
-Dispense, señora. Mi nombre es Ben Brown, y estoy viajando.
-¿Adónde vas?
-A donde pueda encontrar trabajo.
-¿Qué clase de trabajo sabes hacer?
-De todo un poco.
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