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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.10

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Se fueron a su casa y divirtieron a la señora Moss contándole lo ocurrido. Porque a ella no le impresionaron ni los misteriosos estornudos ni las extrañas risas, e imaginó que todo sería consecuencia de alguna travesura de las niñas.
-El lunes haremos una excursión para descubrir qué hay oculto por allí -fue su único comentario.
Pero la señora Moss no pudo cumplir su promesa porque el lunes llovió. Protegidas por sus botitas de goma, las pequeñas fueron al colegio chapoteando como dos patitos en cuanto charco encontraban. Llevaron sus almuerzos, y a mediodía, entretuvieron a un grupo de compañeras relatándoles lo que vieran hacer al misterioso perro, el cual andaba merodeando por la vecindad y había sido visto por varias niñas en el patio del fondo de sus casas. A todas se había dirigido como si quisiera pedirles algo, pero ante ninguna había hecho las exhibiciones y proezas que hiciera ante Betty y Bab, razón por la cual ellas se daban importancia llamándolo nuestro perro. El paseo de la torta continuaba siendo un enigma, ya que Sally Folson declaro solemnemente que esa tarde, y a esa misma hora, ella había estado jugando al tejo en el granero de Mamie Snow. A excepción de las dos niñas, nadie se había acercado a la viera casa, de modo que ninguna pudo arrojar una luz sobre aquel sino alar suceso.
La historia produjo gran efecto, pues basta la maestra se mostró interesada y relato las habilidades de un prestigitador por obra de quien ella viera como una pila de pasteles permanecían suspendidos en el aire por espacio de varios minutos. -Durante el primer recreo Bab casi se desarticulo parte del cuerpo tratando de imitar las contorsiones del perro. Las había practicado en la cama con gran éxito, pero el piso de madera era cosa muy distinta como lo demostraban sus codos y rodillas.
-¡Parecía tan fácil!... Pero no sé cómo lo hizo... -dijo después de darse un tremendo golpe al tratar de caminar sobre las manos.
-¡Mi Dios!... ¡Helo aquí!... -gritó Betty quien estaba sentada sobre una pila de leños junto a la puerta, mirándolo con curiosidad.
Se produjo una corrida general y dieciséis niñas, no obstante la lluvia, asomaron sus curiosas cabecitas como si en lugar de un pobre perro que trotaba sobre el barro fueran a ver la carroza de la Cenicienta.


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