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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.9

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-¡Yo no estornude!... Bastante tengo con conversar, llorar y toser por mis pobres criaturas para ocuparme de las tuyas -gritó Bab más enfadada aún que su hermana.
-¿Quien lo hizo, entonces? Yo he oído un estornudo con toda claridad -y Betty miro hacia el verde techo como si el sonido hubiera provenido de allí. A excepción de un pajarito amarillo que piando se balanceaba sobre las grandes lilas no había ningún otro ser viviente a la vista.
-Los pájaros no estornudan, ¿verdad? -preguntó Betty dirigiendo al animalito una mirada de sospecha.
-¡Tonta!... ¡ Por supuesto que no! ...
-Me agradaría saber entonces quién anda por aquí estornudando y riéndose. Quizá sea el perro... -sugirió Betty algo tranquilizada por esa idea.
-Excepto el de mamá Hubbard ningún perro se ríe. Pero este es tan extraño que tal vez también él separa hacerlo. ¿Adonde se habrá ido? -y Bab echo un vistazo hacia ambos lados de la avenida con el deseo de volver a ver al gracioso animal.
-Lo que se es adonde me voy a ir yo dijo Betty guardando las muñecas en su delantal con más apuro que cuidado-. Voy derecho a casa a contarle a mamá lo ocurrido. No me gustan estas cosas y además tengo miedo.
-Yo no, pero creo que está por llover de manera que también tendré que irme contesto Bab aprovechando la excusa que le ofrecían unas nubes que cruzaban el cielo, ya que le molestaba demostrar que sentía temor por algo.
Bab levanto la mesa rápidamente tomando el mantel por las cuatro puntas, puso la vajilla en su delantal, amontono encima a sus hijos y declaro que estaba lista para partir. Betty se demoro un instante guardando las cosas que la lluvia podía estropear y
cuando se volvía para recoger el rojo dogal que colgaba del llamador vio sobre los escalones de piedras dos hermosas rosas rojas.
-¡Oh, Bab!... ¡Mira!... He aquí las rosas que tanto deseábamos. ¿No es maravilloso que el viento las haya arrojado a nuestros pies? -gritó levantándolas y corriendo tras de su hermana quien se alejaba preocupada sin poder dejar de pensar en declarada enemiga Sally Folsom.
Las flores llenaron de alegría a las dos niñas. Mucho las habían deseado, pero resistieron con firmeza la tentación de treparse a las rejas para cortarlas. La mamá les había prohibido semejantes piruetas desde que Bab se cayera por querer alcanzar una rama de madreselva que florecía sobre el dintel del "porch".


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