Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.8
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CAPÍTULO 2
Ambas permanecieron silenciosas por espacio de un minuto, ya que tan grande era el asombro que no tenían palabras para expresarlo; luego, y a un mismo tiempo, saltaron las dos y tocaron tímidamente la torta con un dedo, preparadas para verla volar por los aires arrastradas por alguna fuerza mágica. Sin embargo, el postre permaneció tranquilamente en el fondo de la cesta. Las niñas exhalaron entonces un profundo suspiro de alivio porque, aunque no creían en hechicerías, lo que acababa de ocurrir parecía cosa de magia. -¡El perro no la comió! ...
¡Sally no se la Ilevó!...
-¿Cómo lo sabes?
-Ella no nos la habría devuelto…
-¿Quién lo hizo, pues?
-Lo ignoro, pero de cualquier manera, lo perdono.
-¿Qué haremos ahora? -preguntó Betty pensando que después de aquel susto iba a ser imposible sentarse tranquilamente a tomar el té.
-Comamos la torta lo más rápido que podamos. -Y dividiendo la torta con un solo golpe de cuchillo Bab aseguró su trozo contra todo posible riesgo.
Pronto le dieron fin acompañándola con sorbos de leche, y mientras comían apresuradamente no dejaban de mirar en derredor, pues temían que el extraño perro volviera a aparecer..
-Bueno, ¡quisiera ver ahora quién se, atreve a quitarme mi trozo de torta!... exclamó Bab en son de desafío al mismo tiempo que mordía su mitad de la B.
-¡O el mío!... -tosió Betty, ahogada por una pasa que no quiso pasar rápidamente por su garganta.
-Deberíamos limpiar todo esto y simular que nos azotó un terremoto -sugirió Bab, juzgando que sólo semejante conmoción de la naturaleza podía explicar el aspecto desolado que ofrecía su familia.
-¡Buena idea!... A mi pobre Linda la golpearon en la nariz. ¡Querida mía!... ¡Ven con tu mamá que ella te sanará!
-murmuro Betty levantando a su ídolo que yacía entre una maraña de pasto y limpiando el rostro de Belinda que, sin embargo, sonreía heroicamente.
-Con toda seguridad que esta noche tendrás tos ferina. Sería bueno preparar una tisana con un poco de agua y el azúcar que nos queda... -manifestó Bab a quien agradaba en extremo inventar recetas para las muñecas.
-Quizás ocurra lo que tú dices, pero entretanto no necesitas ponerte a estornudar por mis hijos -replicó Betty fastidiada, pues los últimos acontecimientos habían alterado su natural carácter conciliador.
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