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A través del espejo (Lewis Carroll) - pág.77

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-¡No creo que nunca haya sucedido antes que una tuviera que ocuparse de dos reinas dormidas a la vez! ¡No, no, de ninguna manera, nunca en toda la historia de Inglaterra! ... Bueno, eso ya sé que nunca ha podido ser porque nunca ha habido dos reinas a la vez. ¡A despertar pesadas! -continuó diciendo con franca impaciencia; pero por toda respuesta no recibió más que unos amables ronquidos.
Los ronquidos se fueron haciendo cada minuto más distintos y empezaron a sonar más bien como una canción: por último Alicia creyó incluso que podía percibir hasta la letra y se puso a escuchar con tanta atención que cuando las dos grandes cabezas se desvanecieron súbitamente de su regazo apenas si se dio cuenta.
Se encontró frente al arco de una puerta sobre la que estaba escrito «REINA ALICIA», en grandes caracteres; y a cada lado del arco se veía el puño de una campanilla: bajo una de ellas estaba escrito «Campanilla de visitas» y bajo el otro «Campanilla de servicio».
-Esperaré a que termine la canción -pensó Alicia- y luego sonaré la campanilla de..., de..., ¿pero cual de las dos? -continuó muy desconcertada por ambos carteles -. No soy una visita y tampoco soy del servicio. En realidad lo que pasa es que debiera de haber otro que dijera «Campanilla de la reina»...
Justo entonces la puerta se entreabrió un poco y una criatura con un largo pico asomó la cabeza un instante, sólo para decir: -¡No se admite a nadie hasta la semana después de la próxima! -y desapareció luego dando un portazo.
Durante largo rato Alicia estuvo aporreando la puerta y sonando ambas campanillas, pero en vano. Por último, una vieja rana que estaba sentada bajo un árbol, se puso en pie y se acercó lentamente, renqueando, hacia donde estaba. Llevaba un traje de brillante amarillo y se había calzado unas botas enormes.
-Y ahora, ¿qué pasa? -le preguntó la rana con voz aguardentosa.
Alicia se volvió dispuesta a quejarse de todo el mundo.
-¿Dónde está el criado que debe responder a la puerta? -empezó a rezongar enojada.
-¿Qué puerta? -preguntó lentamente la rana.
Alicia dio una patada de rabia en el suelo: le irritaba la manera en que la rana arrastraba las palabras. -¡Esta puerta, pues claro!
La rana contempló la puerta durante un minuto con sus grandes e inexpresivos ojos; luego se acercó y la estuvo frotando un poco con el pulgar como para ver si se le estaba desprendiendo la pintura; entonces miró a Alicia.


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