A través del espejo (Lewis Carroll) - pág.76
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..! ¡Y se pusieron a rodar por todas partes como piedras de molino..., tumbando mesas y revolviéndolo todo..., hasta que me asusté tanto que no me acordaba ni de mi propio nombre!
Alicia se dijo a si misma: -¡A mi desde luego no se me habría ocurrido ni siquiera intentar recordar mi nombre en medio de un accidente tal! ¿De qué me habría servido lograrlo! -pero no lo dijo en voz alta por no herir los sentimientos de la pobre reina.
-Su Majestad ha de excusarla -le dijo la Reina roja a Alicia, tomando una de las manos de la Reina blanca entre las suyas y acariciándosela suavemente-. Tiene buena intención, pero por lo general no puede evitar que se le escapen algunas tonterías.
La Reina blanca miró tímidamente a Alicia, que sintió que tenía que decirle algo amable; pero la verdad es que en aquel momento no se le ocurría nada.
-Lo que pasa es que nunca la educaron como es debido -continuó la Reina roja-. Pero el buen carácter que tiene es algo que asombra. ¡Dale palmaditas en la cabeza y verás cómo le gusta! -Pero esto era algo más de lo que Alicia se habría atrevido.
-Un poco de cariño..., y unos tirabuzones en el pelo..., es todo lo que está pidiendo.
La Reina blanca dio un profundo suspiro y recostó la cabeza sobre el hombro de Alicia. -Tengo tanto sueño -gimió.
-¡Está cansada, pobrecita ella! -Se compadeció la Reina roja-. Alísale el pelo..., préstale tu gorro de dormir..., y arrúllala con una buena canción de cuna.
-No llevo gorro de dormir que prestarle -dijo Alicia intentando obedecer la primera de sus indicaciones- y tampoco sé ninguna buena canción de cuna con qué arrullarla.
-Lo tendré que hacer yo, entonces -dijo la Reina roja y empezó:
Duérmete mi Reina sobre el regazo de tu Alicia. Has que esté lista la merienda tendremos tiempo para una siesta. Y cuando se acabe la fiesta nos iremos todas a bailar: La Reina blanca, y la Reina roja, Alicia y todas las demás.
-Y ahora que ya sabes la letra -añadió recostando la cabeza sobre el otro hombro de Alicia- no tienes más que cantármela a mí; que también me está entrando el sueño-. Un momento después, ambas reinas se quedaron completamente dormidas, roncando sonoramente.
-Y ahora, ¿qué hago? -exclamó Alicia, mirando a uno y a otro lado, llena de perplejidad a medida que primero una redonda cabeza y luego la otra rodaban desde su hombro y caían sobre su regazo como un pesado bulto.
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