A través del espejo (Lewis Carroll) - pág.67
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-¿Cómo puede usted estar ahí hablando tan tranquilo con la cabeza abajo como si nada? -preguntó Alicia mientras lo arrastraba por los pies y amontonaba sus enlatados miembros al borde de la zanja.
El caballero pareció quedar muy sorprendido por la pregunta. -Y, ¿qué más da donde esté mi cuerpo? -dijo-. Mi cabeza sigue trabajando todo el tiempo. De hecho, he comprobado que cuanto más baja tenga la cabeza, más invenciones se me van ocurriendo.
-Ahora, que la vez que mejor lo hice -continuó después de una pausa- fue cuando inventé un budín mientras comíamos la entrada de carne.
-¿Con tiempo suficiente para que se lo sirvieran al siguiente plato? -supuso Alicia-. ¡Eso sí que se llama pensar rápido!
-Bueno, no fue el siguiente plato -dijo el caballero lentamente, con voz un tanto retenida-. No, desde luego no lo sirvieron después del otro.
Entonces, ¿lo servirían al día siguiente, porque supongo que no iban a comer dos budines en la misma cena?
-Bueno, tampoco apareció al día siguiente -repitió el caballero igual que antes-. Tampoco al otro día. En realidad -continuó agachando la cabeza y bajando cada vez más la voz- no creo que ese budín haya sido cocinado nunca. En realidad, ¡no creo que ese budín sea cocinado jamás! Y, sin embargo, como budín, ¡qué invento más extraordinario!
-A ver, ¿de qué estaba hecho ese budín, según su invento? -preguntó Alicia, con la esperanza de animarlo un poco, pues al pobre caballero parecía que aquello le estaba deprimiendo bastante.
-Para empezar, de papel secante -contestó el caballero dando un gemido.
-Me temo que eso no quedaría demasiado bien...
-No quedaría bien así solo -interrumpió con bastante ansiedad- pero, ¡no tienes idea de cómo cambia al mezclarlo con otras cosas!... Tales como pólvora y pasta de lacrar. Pero tengo que dejarte aquí -terminó, pues acababan de llegar al lindero del bosque.
A Alicia se le reflejaba el asombro en la cara: no podía menos de pensar con ese budín.
-Estás triste -dijo el caballero con voz inquieta- déjame que te cante una canción que te alegre.
-¿Es muy larga? -preguntó Alicia, pues había oído demasiada poesía aquel día.
-Es larga -confesó el caballero- ¡pero es tan, tan hermosa! Todo el que me la ha oído cantar..., o se le han saltado las lágrimas o si no.
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